Revista Cítrica

Una fábrica de sonrisas


22 de diciembre de 2017

Hernán Zyseskind

La Musaranga construye juguetes y marionetas con materiales en desuso: corchos, tapitas y botellas de lavandina, todo sirve para divertir a grandes, chicos y chicas en este proyecto colectivo.

Valeria Camblor
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A comienzos de los 90, en el barrio San Roque (San Fernando), nace La Musaranga, un proyecto que mantiene vivo el espíritu de las artes y los oficios, donde “desarrollan la estrella propia para volcarla a lo colectivo y viceversa”. Así nos lo explica Pedro, en una charla que se extiende hasta la madrugada en el taller que tienen en Béccar.

“Nacimos como un laburo recreativo con los chicos para el día de la madre o el día del niño con una asistente social. Ahí comenzamos a construir y después hicimos los planos. La influencia es la manera de trabajar como en el fútbol infantil, donde los padres dan una mano y entre todos aportamos algo. Y después la cuestión técnica de artes y oficios. Fundamentalmente, no separar artes y oficios”, relata Pedro, quien está desde la fundación en esta especie de Sociedad de Fomento sin edificios, como él gusta describir a la compañía.

Para construir sus piezas, La Musaranga recurre a objetos domésticos en desuso -corchos, tapitas, botellas de lavandina, termos-. Así construyen sus juguetes, marionetas y autómatas (muñecos a moneda adentro de una caja), que son los protagonistas de sus espectáculos artísticos. Algunos de ellos encarnan a figuras del arte popular argentino como Leonardo Favio o Nelly Omar y entre los más buscados por los chicos están Igor o Ramoncito. Este último habla el General Perón, no dando un discurso político sino con una reflexión sobre el trabajo”. Y continúa con la descripción de otra de sus estrellas: Igor, el pianista. “Hay familias de muñecos, donde Igor es el maestro pianista y toca los valses de Frederic Chopin. Pero están, también, los hermanos Ayudín que son acróbatas uruguayos; son tres lavandinas que se hacen pirámide humana. Después está la bella Sonia, que es equilibrista e Igor Houseman, que es un forzudo. Todos hechos con lavandina de distintas resoluciones”.

Con su carpa, participaron de parques de diversiones y kermeses, con marionetas, títeres y la orquesta Ni Mi Ni Fa. Pero el desafìo más importante llegó este año: hacer la obra  El Puchero misterioso y después con el Tata Cedrón. “A ese hecho lo defino como un milagro. Un amigo me decía que el show bien podría ser una universidad criolla de la música, porque el Tata nombra a muchas personas como Homero Manzi, Ángel Magaldi, Héctor Blomberg, Enrique Maciel. A nosotros nos da una dinámica de trabajo muy completa, donde en la amistad se marca un camino”, narra Pedro.

-¿Cómo nació ese contacto?

Quien me hace la conexión es mi compañera Silvia. Le enviamos un correo por mail donde le contamos del proyecto y lo invitamos a conocer la carpa. Así fue como una vez lo vamos a buscar y lo traemos. Y el Tata nos dice: ‘Nosotros vamos a hacer algo juntos y lo que ganamos lo repartimos’. Imaginate nuestro asombro. ¡Cómo íbamos a hacer algo junto al cuarteto Cedrón! A los 15 días volvió y cantó junto a nosotros y nació lo del Puchero Misterioso.

-Con casi tres décadas de existencia, ¿Qué sensaciones te deja lo hecho hasta ahora?

-Hay mucha plenitud y alegría cuando la cosa es llegadora. Ahí se completa todo. Uno se puede dedicar años y años y no llegarle a la gente. Por los orígenes que tenemos, cuando vemos que la carpa funciona y el público está ahí, nos sentimos plenos. El esfuerzo es enorme y no pasa solamente por terminar bien el juguete o hacer bien una función. Son momentos también, como cuando nuestros viejos están charlando, para mí eso es una gran felicidad. Y mantener una visión nuestra que es no ser un sector de la cultura, ni tampoco peticionar nada. No hacemos nada para pedir algo, solamente lo hacemos y mantenemos esa dinámica. Podemos ser dos o quince, en carro o en colectivo. Llegamos a tener diez carros en una época, cuando salíamos a las 9 de la mañana de lo de mi vieja para San Fernando. Armábamos la carpa y regresábamos a la noche. Hoy tenemos un colectivo con el que nos movilizamos pero mañana, si tenemos que volver a los carros lo vamos a hacer. Son como dos o tres pilares fundamentales que mantenemos y ahí vamos, andando.

Si usted anda por ahí y se cruza con la carpa, no dude en ingresar al mágico mundo de La Musaranga. Allí encontrará artes y oficios aplicados, juguetes, marionetas, títeres, encuadernación, electrónica, música, grabado y escritura.

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