Revista Cítrica

Si no puedo murguear, no es mi revolución


12 de febrero de 2018

Jésica Farías

Creada, ideada, diseñada y producida por mujeres, Baila la Chola es una murga estilo uruguaya que lleva más de cinco años en escena. Con dos espectáculos encima (De Terror y Se picó), planifican un tercero al ritmo del feminismo.

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Somos todas mujeres en un género que es preeminentemente masculino. Eso es importante porque se puede construir entre mujeres y así se rompe el mito de que no se puede. Desde que empezamos hemos escuchado la frase ´el bardo que debe ser´ y la verdad que es el mismo bardo que en cualquier grupo porque la construcción colectiva es compleja. Pero también es relevante porque el hecho de ser mujeres visibiliza que podemos cumplir con todos los roles que en la murga hay que cumplir como cantar, tocar la batería, la percusión, dirigir, hacer los arreglos musicales, escribir las letras, maquillar, crear el vestuario. Es decir, todos los roles -y también los que siempre ocupan los hombres- pueden ser ocupados por mujeres. Si en las murgas mixtas no los ocupamos, es porque no se nos da ese lugar”, suelta Ana Pereira, una de las integrantes de Baila la Chola , murga estilo uruguaya pero hecha en Argentina desde 2012.

Con poco más de cinco años encima, sus integrantes recuerdan el inicio de su historia: “Arrancamos a partir de una convocatoria que se hizo a través de las redes sociales a la que vinieron un montón de mujeres que querían cantar murga. A partir de esa y otras convocatorias, se armó el grupo que fue modificándose, pero que tiene un núcleo que está desde el primer momento. Un par veníamos de otras murgas de estilo uruguayo y queríamos seguir haciendo el género pero desde la voz de las mujeres, que no tienen tanto lugar dentro de las mixtas porque la mayoría son todos hombres y por eso decimos armar la murga solo de nosotras”. “Hemos construido un montón, tenemos mucho dialogo. Cuando han existido diferencias, que son súper sanas, las resolvimos. El trabajo de construir entre mujeres está bueno y se puede. Es distinto, no alentamos la exclusión de varones, pero trabajar entre mujeres es alentador, es especial, es diferente. Lo disfrutamos muchísimo”, suma Valeria Manzanelli.

El nombre de la murga retoma la diversidad cultural de la chola –“una mujer mestiza con mezcla de orígenes variados”, agregan-: una que se mueve, que rompe las cadenas, que danza –“aunque nosotras no bailamos en escena y eso a veces genera confusión”, advierten-. Crean colectivamente desde entonces: discuten y eligen la temática, arman comisiones abiertas, crean las letras.

El hecho de ser mujeres visibiliza que podemos cumplir con todos los roles que en la murga.  Si en las murgas mixtas no los ocupamos, es porque no se nos da ese lugar

De ese modo nacieron sus dos espectáculos: De terror y Se picó. Al primero lo presentaron desde 2014 hasta el año pasado. “Tenía como eje al miedo, entonces trabajamos los miedos infantiles, el miedo social, la vulneración de los derechos y también sobre cómo las instituciones enseñan el miedo como forma de cuidado”, recapitula Ana.

La reflexión, música, canto y humor mediante, abarcó el espanto de la violencia machista –que nos impide decidir sobre nuestros cuerpos, que nos comercializa- y la resistencia: la organización para hacerle frente. En 2017 se renovaron. ¿Eso significó progresar? Por ahí va Se picó, donde todas se vistieron de abejas. Ese enjambre de 20 mujeres se hizo varias preguntas: ¿Cómo hay que hacer para progresar? ¿Hombres y mujeres progresan por igual? ¿Es mérito propio? ¿Qué se encuentra detrás del discurso del “progresar”? ¿Queremos hacerlo? “Ponemos en cuestión qué es, no sólo en el sentido entendido por el capitalismo sino también en el individual. Ponemos en cuestión ese tipo de progreso y plantemos que el progreso es colectivo, no es individual; que es una trampa que no conduce a nada porque nunca se alcanza en realidad. Siempre estamos creciendo y no hay un día que se llega al progreso.

También cuestionamos los discursos actuales que hay sobre el progreso porque en esta coyuntura política la meritocracia, la dedocracia y la aristocracia tienen un lugar importante y son formas de acceso para algunos y algunas”, redobla Ana. Hay un tercer espectáculo que se está craneando, pero todavía falta.

Ahora mismo piensan en celebrar al Rey Momo: el 3 de marzo tocarán en el ciclo El otro Carnaval, que invita a vibrar junto a 16 murgas con 320 murguistas. Serán ocho noches –arranca el 15 de febrero-, la del viernes 2 de marzo será la de Baila la Chola, que junto a La Moña Suelta, seguirá apostando a la construcción colectiva e independiente.

La sede: el Club Atlético Fernández Fierro (Sánchez de Bustamante 722, CABA).

La manija murguera es mucha: Las cholas también tocarán el 24 de febrero en el Centro Cultural Leopoldo Marechal (Avenida Gobernador Vergara 2396, Villa Tesei, Hurlingham) y un día después en el corso de Escalando sin remedio (sobre Beltrán, Remedios de Escalada).

Además de Ana y de Valeria, las cholas son: Celina Selva, Julia Brusse, Natalia Marcos, Estefanía Godeas y Constanza Infante en la cuerda de primas y Luciana Cararo Funes, María Laura Flores y Sofia Weissman, en la de sobreprimas; Clara Streger, Noelia Del Corti, Vanesa De Bonis, Antonella Piccoli y Estefanía Rearte Peredo en la cuerda de segundas; Antonnella Perri, Camila Perri y Mariana Pereira en la batería; Antonella Pachina en la producción; y Vale Godoy a cargo de la fotografía.

“Nosotras –hacen memoria- arrancamos como una murga en donde había una elección de que seamos todas mujeres pero no había en todas las integrantes una reflexión sobre qué era el feminismo, si éramos feministas o no. Y fuimos haciendo un proceso muy importante, grande y colectivo y nos fuimos posicionando hasta lo que hoy somos”.

Participaron de los Encuentros Nacionales de Mujeres de Rosario (2016) y Chaco (2017): “Fue muy conmovedor para nosotras. Sentimos que lo que estábamos cantando estaba siendo entendido por quienes nos escuchaban. Nunca nos había pasado que lo que hacemos como grupo tuviera un sentido tan claro”, se emocionan. También pusieron el cuerpo en la calle en marchas, para que pedir que no haya ni una menos. Porque así, con un grito coral se puede reclamar por los derechos y contra el machismo, y sin perder el ritmo.

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