Revista Cítrica

Resistir para no morir


11 de octubre de 2017

Por Daniel Loncon, miembro del Pueblo Mapuche.     

Juan Ignacio Calcagno
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Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra.
Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

Desmond Tutu

Desde la conquista en 1492, nuestros pueblos viven en un estado de alerta y resistencia permanente. Las conquistas han sido muchas y de muy variadas formas, variados también han sido quienes ejecutaron las mismas. 

Aun así, hay resabios de la conquista original que permanecen. Existe una herencia colonial en las prácticas y modos de colonización que nos permiten conocer la despiadada y perversa conciencia racista y genocida de quienes perpetraron las masacres de ayer y que, con métodos “republicanos, democráticos y ajustados a derecho”  continúan en la actualidad con el despojo.

La conquista es un ejercicio de violencia fundacional que no se ha detenido. En todo el continente, en los diferentes espacios territoriales que habitan las poblaciones originarias son actualmente, territorios en disputa entre dos claros modelos de visión de mundo,  el de la destrucción y explotación voraz de humanos y recursos por un lado y de la preservación de la vida por otro.

Las conquistas militares han tenido su correlato en las conquistas espirituales, doblegar no solo los cuerpos, sino también las almas. Esa ha sido una de las premisas fundamentales de los conquistadores. Consecuentemente, no es descabellado sintetizar este proceso como el negocio de la cristiandad.

Se dice que en su diario de descubrimiento, Colon escribió 139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o nuestro Señor. Desde el origen de la conquista el objetivo fue la apropiación de territorios y riquezas. Los nuevos conquistadores europeos hoy ya no desembarcan, sino que aterrizan en pistas financieras y administrativas que los serviles Estados preparan a su medida.

La herencia colonial también se traduce en el conocimiento, negando los saberes ancestrales. En nombre de la ciencia occidental también se han cometido crímenes contra la naturaleza que han sido observados silenciosamente por quienes dicen protegerla. 

La educación de los Estados nos enseña a negarnos, nos dice que todos los actos de genocidio y los intentos de exterminio cometidos fueron por nuestro bien, por la civilización. Por la razón o la fuerza se han impuesto ideas, dioses, medios y modos de producción. ¿La razón de quién?, de quienes prometen el progreso a costa de destruir el lugar que los sustenta. Hoy observamos azorados, como estos personajes que encarnan la civilización y el progreso, con los ojos perfectamente abiertos y con una lucidez espantosa, beben alegremente el veneno que acabará destruyéndolos inexorablemente.   
Asimismo, el resabio colonial se manifiesta en su forma más cruda por medio del racismo y la discriminación. Esa rancia mezcla de ignorancia y miedo en la que muchos se regodean, absolutamente convencidos de que son seres superiores y que el resto no vale la pena. 

Incapaces de ver el arco iris de la diversidad que se les presenta frente a sus ojos, eligen reiteradamente el lúgubre ostracismo de sus limitadas visiones. Tal vez por algún designio antiguo, les es vedado contemplar la belleza de nuestros matices, idiomas, colores y  sabores. 

Cada octubre nos recuerda la infinita banalidad del mal, como alguien alguna vez dijo. Nos recuerda que el ser humano puede ser infinitamente más terrible y monstruoso que los personajes de ficción que inventa y que la avaricia no tiene límites.

Pero también nos recuerda la digna resistencia que nos han legado nuestros antepasados, que conocieron la libertad en estas tierras. Nos impulsa a continuar esta lucha por todos los medios posibles contra los nuevos colonizadores, por más que cuenten como principales aliados a los Estados que nos otorgan ciudadanía pero que nos niegan derechos. 

Como decía la frase, nos regalan miedo para vendernos seguridad, hoy nuestros territorios se encuentran militarizados, nuestras autoridades tradicionales están presas y quienes nos acompañan en nuestras luchas son desaparecidas por las fuerzas de seguridad. Seguridad que los Estados brindan a los privados. 

Pero también nuestros territorios se encuentran sembrados de conciencia y dignidad, en cada acto de resistencia cosechamos humanidad. Nos respetarán no por el capital económico, sino porque los pueblos indígenas aún tenemos mucho para mostrar y compartir a una sociedad que se debate entre su destrucción y una posibilidad de vida más digna. Los invitamos a optar por lo segundo.

Libertad al Lonko Facundo Jones Huala.

Aparición con vida de Santiago Maldonado.

Basta de militarización de nuestros territorios.

Wallmapu libre! Marichiweu.

 

 

Daniel Loncon. Miembro del Pueblo Mapuche     

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