Revista Cítrica

“Pensábamos que nos íbamos a morir por haber besado”


28 de octubre de 2017

Karen Elizaga

Músico, poeta, historiador, actor y quién sabe cuántas cosas más: Gabo Ferro es, sobre todo, un artista que experimenta, no se queda quieto y desafía los límites. Su infancia, sus inicios, el under de los 80 y el miedo a morir de HIV-SIDA.

Manu Goldschmidt
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En el rincón más apartado del bar, rodeado de paredes abarrotadas de viejas propagandas y coloridos retratos de personajes famosos, Gabo Ferro nos recibe con una sonrisa cálida. La charla no se hace esperar. En cuestión de minutos, entre tangos, mates y cafés, nos encontramos inmersos en el mundo de este artista incansable para quien la vida no deja de ser un work in progress.

¿Cómo fue tu infancia? ¿Cuáles fueron los estímulos que te ayudaron a ser quien sos?
No hubo un programa. Desde chico, tanto el barrio como mi familia me estimulaban mucho. Yo vivía en Mataderos, un barrio que siempre operó como frontera. No era campo pero tampoco era ciudad. Teníamos los accesos urbanos clásicos y, a la vez, venían los camiones llenos de vacas y de chanchos. A fuerza de costumbre, se nos había hecho imperceptible el olor de los animales y de la matanza. Esa matanza que teníamos siempre pegada, más aún, los que fuimos niños en los 70. Mi familia estuvo atravesada por toda la cuestión política de aquellos años. Desde el núcleo familiar hasta los estímulos generales del barrio. La escuela primaria República de Brasil, donde iba doble escolaridad y todo el tiempo nos daban idiomas, lectura, teatro, títeres, con una gran exigencia amorosa para aquellos que teníamos deseos de seguir. Ahí estuvo todo.

¿Y la secundaria?
En aquellos tiempos, el primer año constituía el embudo que determinaba “si te daba la cabeza o no te daba la cabeza”. Eso generaba una mano de obra infantil y adolescente de chicos y chicas de doce, trece años, que terminaban trabajando en las fábricas y talleres del barrio. De esa camada, yo fui el “traidor” que siguió estudiando. Empecé a conocer los grandes nombres. En mi casa teníamos una biblioteca que estaba bien, pero era pequeña y más bien popular. Con la secundaria entró Borges, entró la música clásica del siglo XX. Yo quería todo. Empecé a estudiar teatro, a hacer cursos en el Rojas. Allí conocí a Rubén Szuchmacher. Traté de entrar al conservatorio de arte dramático y al mismo tiempo que estudiaba el profesorado de inglés, di el examen de ingreso en la carrera de Psicología. Fui tomando todo, hasta que a principios de los años 90 me dediqué de lleno al rock, que era en donde me parecía que había un lugar aglutinante de la poesía, la música y el escenario.

¿Qué música sonaba en tu casa?
Muy popular. Mi vieja y su colección entera de Gardel y radio AM. Todo el tiempo folclore y folclore. Además, yo tomaba clases de guitarra con una profesora del barrio que me enseñó con el Yupanqui más popular. Por eso para mí es inevitable el pulso folclórico.

Contanos un poco de Porco, tu primera banda. ¿Cómo fueron esos años?
En esos años, fines de los 80 y principios de los 90, fuimos la primera generación que se lanzó a la vida erótica sin un programa de HIV-SIDA. Todos pensábamos que nos íbamos a morir por haber besado, por haber acariciado, por haber estado con alguien. Lo único que queríamos era grabar un disco porque nos íbamos a morir en cualquier momento. Por lo que nos pasaba, porque nos veíamos en sanatorios, yo creía que el sonido tenía que ser hardcore, sentía que Porco tenía que hablar sobre la muerte, sobre el final, sobre el sexo, pero no me salía si no hablaba en términos escatológicos. El primer disco es realmente vomitivo, con un lenguaje espantoso. Si bien, gracias a los periodistas que nos entendían, ganábamos las bienales y nos daban premios, la mayoría de la gente que iba a nuestros primeros conciertos, nunca volvía. Luego hicimos un segundo disco con un timbre también fuerte pero más diluido al pop, pero ese disco nunca salió.

¿Por qué?
Porque me cansé de luchar contra ese gesto del rock barrial temprano de los 90, que se estaba llevando todo puesto. Abandoné la música. Vendí mis discos, mi guitarra, mi micrófono y al día siguiente me puse a estudiar historia, de lunes a lunes, como un monje recluido.

¿Cómo volviste a la música?
A pesar de haber recibido una mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes por mi tesis de maestría y de haber ganado una beca muy importante, yo estaba inmensamente triste. Entonces una amiga historiadora me recomendó un analista que trabajaba con historiadores y artistas. La música estaba absolutamente sepultada en mí, y hablando con este analista ­–que hoy es familia– me di cuenta que ahí, había un bajo profundo que estaba haciendo ¡pum, pum pum!. En un momento, un amigo poeta, Vicente Luy, que estaba por abrir una página en la web, me insistió para que escribiera un auto reportaje. “¡Está buenísimo!”, me dijo cuando lo leyó. “No puede ser que no estés haciendo algo con lo que escribís.” Así que un día, pedí una guitarra prestada y en una semana escribí lo que luego fue Canciones que un hombre no debería cantar. Salió gracias a Vicente quien no solo me insistió, sino que además me prestó los mil dólares para poder hacerlo. “No te lo voy a poder devolver nunca”, le dije. Lo grabamos en vivo en una sola sesión, el mismo día que murió Pappo, el 25 de febrero de 2005.

¿Le devolviste los mil dólares?
Sí, a los cuarenta y cinco días. Apenas salió el disco hicimos una presentación y vendimos cuatrocientos en una sola noche. ¡No entendíamos nada! A los nueve meses saqué el segundo disco y así fue que me pasé todos los años haciendo canciones.

¿Cómo vivís este momento en cuanto a la comunicación, los medios, la información?
Lo primero que está claro es que hay medios que construyen realidades. Hay hasta una especie de clima terrorismo. ¡No salgas! ¡Lluvia! ¡Alerta meteorológico! Construyen hasta el clima. Mi viejo murió lucidísimo a los 85 pirulos, pero una de las cosas que nunca les voy a perdonar a los medios es que mi viejo tenía miedo. Miraba mucha televisión, miraba sus noticieros y tenía miedo. Miedo de que alguien entre a su casa, miedo de que le peguen si iba a correr al parque. Pero hay que ser cuidadosos porque también en esos medios –Clarín, La Nación, Página 12– trabaja gente que conozco y que son de fierro. Algunos renuncian, otros resisten y ocupan lugares. Hacen lo que pueden y como pueden, pero nunca resignados. Hay que hacer eso, tratar de ocupar sitios y de advertir, como se pueda, de que hay una realidad y de que los medios masivos de comunicación, que tienen la voz más grande y que gritan y arman realidades, no son los únicos. Pero esto pasa en todos los órdenes. Yo, por ejemplo, prefiero sacar un disco que tenga una distribución de mierda, a tener un disco regalado a una de estas multinacionales, porque como ya lo dijo McLuhan, el medio por el cual circula también es el mensaje.

De eso se trata la resistencia.
Sí, de tejer redes, de manera vertical y horizontal. Y eso funciona para el bien, aunque a veces te lleves un chasco de mierda. Yo estoy todo el tiempo tejiendo redes. Hasta llegué a fundar un sello editorial propio, que es una ganada a la industria increíble. Pero para eso, tuve que hacer tres millones de trámites. Hasta llegué a llorar en Tribunales. La única manera de poder pulsearle a la industria era tener un sello editorial a mi nombre. Tuve que pelarme el culo y aprender un sinfín de cosas que no me interesaban, si quería ser independiente. Ustedes lo saben tan bien como yo, es parte del camino.

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