Revista Cítrica

"Ni me rindo ni me arrodillo"


08 de agosto de 2017

Revista Cítrica

Blas Jaime es el último chaná parlante, la única persona en el mundo que habla ese idioma. A partir de su figura, Marina Zielberg filmó un documental que visibiliza el "culturicidio" a los pueblos originarios.

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“Para saber adónde vamos hay que saber dónde estamos y de dónde venimos”, relata Blas Jaime, protagonista del documental Lantéc Chaná (hablando Chaná). Jubilado y ex predicador Mormón, oriundo del litoral argentino, reveló públicamente -a sus 71 años- ser el último heredero de la lengua Chaná, etnia nativa de Sudamérica que se consideraba extinguida hace más de 200 años y de la cual se conocían pocos datos. Según la UNESCO, se estima que la mitad de los seis mil idiomas hablados actualmente desaparecerá a finales de este siglo, lo que provocaría perder una gran riqueza cultural y conocimientos ancestrales, especialmente, de lenguas indígenas.

En Latinoamérica, los pueblos originarios no sólo sufrieron genocidios y la usurpación de sus tierras: también hubo un culturicidio, que interesó profundamente a la directora Marina Zielberg para contar la historia del último chaná parlante: “Conocía muy poco de la cultura Chaná. Solo tenía recuerdos de la época escolar y muy por encima de los pueblos originarios. Tenía interés de realizar un documental por dos cuestiones, mi afinidad con el litoral y la cuestión indígena, porque siento que es una deuda, un tema pendiente que tenemos como sociedad argentina de dar debate. Quiero desmitificar la idea de que todos descendimos de los barcos, por más que yo sea nieta de cuatro inmigrantes, pero yo nací en Argentina y tengo un interés por Latinoamérica y su historia. Justamente, investigando historias que tuvieran que ver con estos dos mundos llegué a Blas, donde él perfectamente sintetiza estos dos universos. Por un lado, su historia indígena y por otro, su costado cristiano.

-¿Qué sensaciones tuviste a medida que te ibas metiendo en esta historia?

-Creo que el desconocimiento me permitió estar totalmente abierta, sin prejuicios ni preconceptos. Meterme con algo que desconocía, hizo que lo conozca desde un lugar absolutamente empático. Para mí es la única manera de hacer documentales. Obviamente que todos tenemos una construcción histórica, social, cultural, donde nos enseñaron una historia oficial pero con el correr de los años uno va creciendo, leyendo y te vas dando cuenta de que esa historia no es tan así. Cuando lo conozco a Blas, ratifico todas esas dudas que se me habían planteado, con respecto a que no podemos decir de que tenemos 200 años de historia cuando antes existieron poblaciones con cultura y formas de vivir que hasta nuestros días se mantienen.

-¿Qué descubriste de los Chaná?

-Me gusta mucho cuando Blas cuenta sobre el respeto que le tienen a la naturaleza. Algo que nosotros, en mi modo de ver, con el capitalismo lo perdimos. Por ejemplo, un concepto básico que tenían era que no le extraían a la naturaleza más de lo que necesitaban para vivir. Algo simple y con un sentido rotundo. Y aquellos que lo hacían eran castigados. Cuando ahuecaban troncos, utilizaban los que estaban caídos, no tiraban abajo un árbol para hacer una canoa, que era su medio de transporte al vivir en las cercanías de los ríos. Lo otro que quiero resaltar tiene que ver con los nombres de las personas vinculados a la naturaleza, formando parte de un concepto de que nosotros somos parte de ella y no es nuestro enemigo. Cuando los niños nacían, los dejaban crecer y, de acuerdo a su temperamento, les ponían un nombre. Distinto a nosotros que nos condicionan con un nombre al nacer.

-¿Te puso algún nombre Blas?

-Sí, me puso Ití Uúy, que significa miel de abeja o avispa. Me gustó porque la abeja es trabajadora y dulce.

-¿Dudaste en algún momento de su veracidad?

-La verdad que no. Yo me topé con un artículo que escribió Tirso Fiorotto, publicado en un diario, y vi muy fidedigna esa nota con expresiones concretas. Me comuniqué con él y lo conocí. Él no tiene la primaria completa pero tiene un conocimiento de su cultura que está demostrado, por supuesto que algo teñido por construcciones sociales contemporáneas e incluso por su pasado religioso como mormón pero está claro que, a pesar de no haber tenido acceso a un montón de información, sabe todo lo que sabe. Además, el investigador y lingüista del CONICET Pedro Viegas Barros, validó su lengua y hoy es reconocido por la UNESCO como el último Chaná parlante en el mundo.

En la pantalla el sonido del río nos envuelve y la suave voz de Blas Jaime, nos muestra su fuerza y coraje para dar a conocer su verdadera identidad y su búsqueda por hacer trascender su lengua y cultura, inclusive con sus contradicciones. Blas volvió a ver el documental en su estreno en Buenos Aires: “Me gustó más ahora que la primera vez que lo vi. Yo soy como un intruso dentro de la filosofía Chaná, porque le correspondía a la mujer pasar los conocimientos de generación en generación. Pero yo no  tuve hermana. Ahora espero que mi hija Evangelina se haga cargo por completo de ser la guarda memoria, entonces volveré a la iglesia para volver a acercarme a Dios”. Al preguntarle sobre qué valores desea que conozcamos aquellos que nada sabemos de su cultura, respondió: “El principal es el respeto a la mujer y a los niños. Mis abuelas no nos tuteaban a nosotros, ni a sus hijos. No existen groserías. El hombre Chaná no puede golpear de ninguna manera a su mujer porque es castigado por los hombres superiores. Es un linaje que nosotros conservamos creyéndonos descendientes de antiguas migraciones hebreas y se respetan los linajes y no se mezclan la sangre unos con otros. En mi caso, no me quedó más remedio ya que me casé con una rusita de ojos verdes (risas) pero no encontré mujer Chaná para continuar un legado. El otro, en un sentido más universal, es que nadie es más que nadie”. Por último, Blas agradece profundamente emocionado y dice: “Volví al mundo de dónde salí. Ni río ni lloro, ni bailo ni canto, ni me rindo ni me arrodillo. Soy un perro sin dueño”.

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