Revista Cítrica

Madres Nuestras


06 de noviembre de 2014

Revista Superficie

Mirta Acuña y Nora Cortiñas evocan la militancia de sus hijos en una entrevista muy especial.

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Un mechón de pelo se le derrama sobre el ojo izquierdo. Cejas depiladas, ojos negros, el cabello recogido, cierta dureza en la mirada, la manga de un vestido negro que se deja ver. Ana. Arriba, a un costado, su esposo: pelo corto, expresión seria, corbata bien anudada. Julio. Ambas fotografías, conviven en un solo retrato que Mirta Acuña de Baravalle (90), lleva a todas partes colgado de su cuello. Ana es su hija y está desaparecida desde el 27 de agosto de 1976. Tenía 28 años y estaba embarazada de cinco meses. Julio César Galizzi, esposo de Ana, también desapareció esa misma madrugada.

A diferencia de Ana y Julio, Carlos Gustavo Cortiñas sonríe. Tiene puesta una camisa verde en la foto que su madre, Nora Cortiñas (84), lleva colgada de su cuello. Gustavo está desaparecido desde el 15 de abril de 1977.

Además de llevar esos retratos colgantes, Mirta y Nora tienen la cabeza cubierta por pañuelos blancos, ese emblema de la institución que junto a otras mujeres, y en tiempos sangrientos, supieron fundar: las Madres de Plaza de Mayo.

”No te vayas a creer que porque andamos todo el día con los pañuelos no nos cuidamos el pelo: somos muy coquetas”, ríe Nora.

”Yo tengo varios (pañuelos) y los lavo todas las semanas”, dice Mirta.

Estamos en octubre de 2014 y estas dos mujeres han llegado a la ciudad de Posadas para participar de la Consulta Popular sobre Represas.

Bajo la sombra de un Jacarandá, en la plaza 9 de Julio, nos sentamos a conversar sobre algunas luchas del pasado y del presente.

Nunca olvidar

Mirta Acuña de Baravalle es una de las fundadoras tanto de Madres como de Abuelas de Plaza de Mayo. Antes de la fatídica noche del 27 de agosto de 1976, Mirta era una ama de casa que vivía junto a su familia en el partido de General San Martín, provincia de Buenos Aires.

”Fue a la medianoche. Entraron a nuestra casa militares uniformados, armados, algunos con pasamontañas y otros de civil. Después los vecinos nos contarían que además habían rodeado la cuadra con camiones. Se llevaron a mi hija Ana María y a su compañero Julio. Ella estaba embarazada. Se estaba por recibir de socióloga y trabajaba en el Ministerio de Hacienda. Mi hija no era peronista. Era una militante de la vida, no estaba en ninguna organización, pero trabajaba por los más pobres, los más vulnerables, estaba muy informada, muy conciente de todo lo que estaba pasando en el país”, cuenta Mirta.

Carlos Gustavo Cortiñas, el hijo de Nora Cortiñas fue secuestrado en la estación de trenes de Castelar (Buenos Aires) el 15 de abril de 1977. Tenía 24 años. Hacía tareas sociales en varias villas, y desde muy joven participó de las actividades sociales de los curas tercermundistas, siguiendo la senda trazada por el sacerdote Carlos Mugica.

”Trabajaba en el INDEC. Era padre. Estaba casado. Militaba en la Juventud Peronista y en Montoneros. No supe nada de él luego de su desaparición. No está su nombre en ningún lado. El año pasado presenté un hábeas corpus para que se rastreen los datos en todos los archivos del Estado. Ya tengo 84 años, pero tengo confianza en que podré irme de este mundo sabiendo la verdad sobre lo que pasó con mi hijo y quienes fueron los responsables. Es lo que queremos todas las madres”, afirma Nora Cortiñas.

La hija de Mirta, Ana, iba a parir a su bebé en los primeros días de enero. A través de fuentes que Mirta considera confiables, supo que esa criatura pudo nacer en cautiverio. Pero es todo lo que ha podido saber.

”Ni siquiera el sexo pudimos determinar. Sabemos que así como nació, se la quitaron a su madre y se la llevaron. Nada más. Falta muchísima información”, dice Mirta.

Aquellas pérdidas, todo ese arrebato de dolor e incertidumbre, motivaron a Mirta, Nora y otras mujeres, a salir a la calle a pedir por sus hijos y nietos.

El origen de la dignidad

Los relatos de las Madres de Plaza de Mayo tienen siempre algo en común. En todos los casos, el desconcierto aparece como un elemento omnipresente: “no sabíamos por dónde empezar a buscar a nuestras hijas e hijos”.

Mirta, que como toda su familia era católica, empezó por la iglesia.

”Al día siguiente que se llevaron a mi hija y su esposo, fui a la Iglesia de Lourdes, en Santos Lugares. El cura no sabía nada. Seguí por cárceles, comisarías, hospitales, regimientos. En todos lados la respuesta era que no sabían nada. Y eso era desesperante, pero en ese peregrinar, encontré algo valioso. Me di cuenta que había otras madres en la misma situación".

El camino de Nora en la búsqueda de su hijo Carlos, tuvo en aquel principio, idénticos ribetes.

”El 15 de abril se llevan a Gustavo y desde entonces empecé a ir a todos lados, la comisaría, el Obispado, el Ministerio del Interior. Y seguí por la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, donde ya adentro de la Liga habían dado un poco de espacio a los familiares. Muchos de los que habían estado en la Liga, tenían hijos desaparecidos.Tenía terror, muchas dudas, mucha confusión, pensaba que mi búsqueda podía ser causal de tortura o muerte para mi hijo, pero nunca me detuve. Así, conocí a Azucena (Villaflor), a María Vela, a María Rosario, a Juanita, etc. El primer grupo de Madres empezó el 30 de abril de 1977. Me acuerdo que los militares pintaron las paredes de mi barrio con la leyenda “Nora Cortiñas, madre terrorista”. Después para romper con nuestra organización, secuestraron a tres compañeras y a las monjas francesas. Vivimos tiempos terribles, pero siempre unidas y sin bajar los brazos”, recuerda Nora.

Mirta fue una de las madres que estuvo presente aquel 30 de abril de 1977, jornada en la cual comenzó a escribirse de algún modo, la historia de las Madres de Plaza de Mayo.

”Esa primera vez, fuimos 14 mujeres. Fue un sábado. No había gente en la plaza y los militares nos sacaron. Volvimos a juntarnos el viernes siguiente, en horario bancario, que había más gente. Así lo hicimos varios viernes. Cada vez éramos más. Luego una madre pidió cambiar el día de reunión, para el jueves, porque los viernes era “día de brujas”. Así empezamos a marchar cada jueves, y se fueron sumando muchas mujeres, porque cada vez había más desaparecidos.

Mirta también formó parte del grupo de 12 mujeres fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, organización que en una primera etapa se autodenominaba “Abuelas Argentinas con Nietitos desaparecidos”, hasta 1980, cuando comienzan a denominarse como se las conoce actualmente.

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