Revista Cítrica

Locos soñadores


28 de abril de 2017

Lautaro Romero

A cuatro años de la feroz represión de la Policía Metropolitana en el Borda, hablamos con los que pusieron la piel para defender la salud pública y con los internos, que encontraron en la autogestión el medio de lucha.

Créditos: Federico Imas
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El mural multicolor expone a los “ratis” y su mano dura. Habla de balas de goma y gas pimienta a piacere. Al mismo tiempo, el arte, emblema de la resistencia, denuncia el alambre de púas que luce amenazante en la medianera, para garantizar la seguridad de la población del hospital José Tiburcio Borda. Más allá del muro, la fachada del Servicio Penitenciario nº 20 es sinónimo de abandono: ya no pertenece a ese lugar. En realidad, nunca fue parte. A metros de ahí, alguien recita poesía, mientras el resto se come las uñas. El cigarrillo se consume de una sola pitada. Muchos quieren hablar y ser escuchados. Para cada uno de ellos, es una bocanada ese ratito al aire. Hay mística.

También hay música y baile. El micrófono es abierto: LT 22 Radio La Colifata (FM 100.3) transmite en vivo desde una plazoleta que hace de pulmón en el hospital psiquiátrico. Es una emisión especial, un encuentro distinto al de todos los sábados, al de todos los años, cada año. Entre los participantes, hay internos y ex internos. En un momento, Camila, una de las coordinadoras, los lleva a la reflexión. Hay memoria y verdad. Ya pasaron cuatro años. Algunos de ellos estuvieron aquel 26 de abril de 2013; cuando trabajadores, pacientes, médicos, periodistas, voluntarios, legisladores y gremialistas fueron brutalmente reprimidos por la policía Metropolitana. ¿La razón? Evitar que el gobierno de la Ciudad y sus topadoras entren y arrasen con lo que se ponga en frente, incluyendo el Taller Protegido 19, en pos de implantar un Centro Cívico.

El Taller 19 hecho escombros. Un saldo de 50 heridos y 8 detenidos tras el intento de desalojo. El Centro Cívico quedó en veremos. Definitivamente no es un día común y corriente para la población del Borda. Si es que los hay. “Siempre pienso que pueden volver a la carga en cualquier momento”, se alcanza a escuchar. La voz quebrada de Julio lo vuelve confidente. Estuvo un año internado tras estas paredes y dice haber recibido un balazo de goma. “Dolió mucho ver el taller destruido”, se lamenta. A Hugo, en cambio, no le tiembla el pulso al momento de tomar la palabra. Tampoco vaciló cuando le tocó enfrentarse cara a cara con las fuerzas de seguridad. “Hablé con la policía. Les dije que no hagan obediencia de vida. Mientras tanto, transmitíamos todo lo que pasaba por medio de La Colifata”, cuenta, señalando el lugar preciso desde donde esquivó las balas. “A mí no me tocó ninguna. Empecé a llamar a la gente por la radio, que vengan porque no sabía lo que pasaba”,  relata Oscar, mejor conocido como el Pibe Orquesta.

“Te tiraban al cuerpo, a la cara. Cuando demolieron el taller, tardé una semana en ir. Me paré ahí y lloraba. Vidal comandaba el operativo pero lo negaron. Las políticas de ajuste vienen dictándose en la Ciudad desde hace más de ocho años. Presentamos un proyecto de ley para recuperar el taller”. Marcelo Frondizi fue uno de los que peleó hombro a hombro junto a Hugo, Julio, Oscar y tantos otros. Es secretario de Acción Política de ATE y secretario del Interior de la CTA. Además, es uno de los más veteranos en Talleres Protegidos, en el barrio de Barracas, a la vuelta del Borda. “El objetivo de los talleres es construir, a través del vínculo colectivo con los pacientes, una concepción de trabajo para que recuperen la autonomía y se reinserten en la sociedad. Hay varias modalidades, como: carpintería, imprenta, metalurgia. Ellos van recuperando capacidades remanentes o adquiriendo nuevas habilidades”, explica el Nono.

"Fue una instancia de ilegalidad para llevar adelante un proyecto inmobiliario. Al momento de la represión había una acción legal que protegía al taller y fue vulnerada. Además existía una cautelar de una jueza. No fue licitado ni pasó por la Legislatura. Actuaron con total impunidad”, sostiene Ángel Barraco, co-redactor de la Ley Nacional de Salud Mental (Nº448).

También él fue víctima del salvajismo y el atropello. Pasaron 1460 días de aquella pesadilla. El sobreseimiento en la causa del entonces jefe de gobierno, Mauricio Macri, la vice jefa María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y el ministro de Seguridad Guillermo Montenegro, en agosto del año pasado, le impide dormir a Ángel.

“La fuerza política de ese gobierno neoliberal era en Buenos Aires. Ahora ese mismo mecanismo lo tenemos en la Nación, con la represión a los trabajadores”. Las mismas caras, los mismos intereses. No se salvan ni los enfermos.  “Las autoridades de salud mental que están en Nación son las mismas de la Ciudad. Siguen ignorando la Ley Nacional y la 448. Se está generando una externación compulsiva de los pacientes. Están haciendo un achique de la internación”, explica Barraco. Faltan casas de medio camino y dispositivos alternativos para que los pacientes puedan continuar su tratamiento por fuera del manicomio. “El problema es que cuando son dados de alta, no tenemos donde derivarlos. Invertir en salud es invertir en el futuro. No hay que pensarlo como una ganancia”, opina Javier Torassa, uno de los psiquiatras más experimentados del Borda.

Julio reconoce dos grupos de pacientes: los usuarios, aquellos que “reciben visitas y comparten cinco minutos con su familia”; y el resto, a quienes “la familia abandona por no saber cómo manejar un trastorno mental”. Terminan siendo víctimas del vaciamiento que genera el encierro y propone el sistema. Julio también asegura que “si pasas mucho tiempo en el Borda el autoestima muere de a poco con vos”. Y que “ahora se vive mejor, pero hubo épocas jodidas”.

Pese a todo, no hay que olvidarse de los pacientes que prefieren disfrutar del parque, como Hugo. “Este predio es curativo. Debería ser la ciudad de la salud: deportes, educación, investigaciones, puestos de comida no contaminada, todo sembrado con árboles frutales. Que tanto la salud física como mental se trate integralmente”, es su deseo. Ni tampoco de los que llevan adelante el Frente de Artistas y Pan del Borda, Cooperanza. Los que alguna vez pasaron por la huerta y sembraron esperanza. O quienes tuvieron la posibilidad de participar del programa de La Colifata y conocer un poco de ese mundo que no termina nunca de ser conocido.

“Es todo para mí”, confiesa Oscar, sin temor alguno a mostrar sus sentimientos. “Me ayuda mucho, más que nada contra esos recuerdos que sólo dañan el corazón”, dice mientras observa con detenimiento los cuadros que acaban de colgar en el pabellón principal. Son del Borda, a principios del siglo pasado. El tiempo parece haberse detenido. Oscar se despide: quiere recorrer el hospital una vez más. 

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