Revista Cítrica

La voz de los cerros: Tomás Lipán


06 de mayo de 2017

Mariana Rolleri y Oscar Rolleri

El cantor de Jujuy habló de su infancia, de sus primeros trabajos y de cómo aprendió a vivir de la tierra. Un artista consagrado que mira a los de abajo.

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Vestido de chaleco marrón con bolsillos, da el aspecto de pa recer un fotógrafo. Y pensándolo bien, Tomás Lipán lo es, de alguna manera. Su música transporta a los oyentes de sus cantares a ese Jujuy nostálgico, al igual que lo haría una postal de esa tierra que lo parió hace 69 años en el pueblo de Chalala, a tres kilómetros de Purmamarca. Su poderosa voz (igual de imponente que las montañas donde creció) transmite lo esencial de su cultura, la aimara. Y como muestra de sus orígenes, lo primero que hace al sentarse a la mesa es sacar su bolsita con hojas de coca. La desata, saca las hebras con cuidado, las acomoda en su boca y las masca. Y así lo hará durante toda la entrevista en el restaurant teatral La Clac, del barrio de San Nicolás.

¿Por qué es cantor?

He nacido cantor. Cuando estaba en el vientre y luego en la espalda de mi mamá, la escuchaba cantar. Cuando empecé a caminar, lo escuchaba tocar a mi papá con su vieja guitarra algunas zambas o bailecitos de antaño y ya me entraban las ganas de cantar. Imitaba a los mayores cantando sus coplas usando latitas como cajas. No estudié canto, no tuve a nadie que me haya impulsado a cantar. Nunca tuve una buena voz. No tengo las técnicas, creo que me falta saber de respiración. Una vuelta iba a querer aprender, pero también me han dicho que si empiezo a tecnificar mi canto puedo perder mi esencia. Entonces canto así “chanka, chanka” pero con el corazón. Soy cantor natural, desde que vine del vientre de mi mamá por Tata Dios, por la Pachamama, por el destino.

Además de sus padres, ¿sus hermanos también eran músicos?

 Mi mamá era pastora de cabras. En los cerros, sola, con el rebaño, le brotaba una coplita y cantaba. Y ahí seguro que yo iba aprendiendo porque no había otro tipo de música que le llegue al oído y al corazón de uno: la voz de papá Florencio y de mamá Eduviges. Al no tener radio, televisor, ni tocadiscos, la música se aprendía de boca en boca. Eso es lo que transmito a la gente, canto lo que he aprendido mirando y escuchando. Soy el menor de diez hermanos. Mi papá también cantaba, tenía su guitarra y tocaba la quena, el erkencho, el erke, los instrumentos que se fabricaban ahí con los materiales que había: el asta de una vaca o de un toro, las cañas. Igual, cuando llegaba a la casa nos gritaba: “Guitarra van a comer, ¡carajo! ¡Vayan a trabajar!”. Porque había que trabajar la tierra. Aporcar, desyerbar, cosechar, cultivar. Pero le gustaba cuando se juntaba los domingos con los más chiquitos. Tocábamos porque nos daban unos pesitos, tímidamente y salíamos corriendo. Teníamos cinco, siete años.

El Lipán de la entrevista está lejos de parecerse al de las peñas, ese que se impone cuando canta a plena voz, cuenta chistes y baila saltando con los carnavalitos. Su timidez se revela cuando baja la mirada al final de cada respuesta. Eso sí, la dulzura con la que deshilacha sus recuerdos es la misma que asoma en su voz al cantarle a Jujuy y a su gente.

¿Trabajó de otras cosas que no fueran el canto?

Desde que empecé a caminar. Ahora se critica mucho la explotación infantil. Eso está bien. Nadie desea que un chico trabaje para ganarse el pan, pero me parece bien que se le enseñe como nos enseñaron nuestros tatas, así uno se cría con la cultura del trabajo, de hacer algo en la casa. Desde chiquito ayudaba a mi mamá a pastear las cabras, a sacar leche, a hacer queso, a darle de comer al perro, a ir a buscar leña. No veía la hora de tener diez años para ayudar a mi papá en los surcos. Él sembraba todo menos cítricos: manzana, pera, membrillo, verduras; y la base de nuestra alimentación: trigo, maíz y papa. Porque uno pone una semilla en esta tierra bendita y -si la cuida-, tiene para comer y vivir. (Emocionado y con la voz entrecortada, sigue) Esa fue la enseñanza más noble y más sabia que he tenido de mi padre, porque sé que con ella nunca me va a faltar el pan. ¿Cuándo comenzó a vivir del canto? Mi primer trabajo como músico fue a los siete. Una abuelita, Doña Juana Argamonte, venía a la tardecita y la llamaba a mi mamá: “Eduviges! Préstame tu chango pa' que venga a tocar el tambor”. Entonces tocaba en las novenas para convocar a la gente a rezar el rosario y de pago me daba una sopita rica. También toqué la quena en los pesebres, con la banda de sikuris Santa Rosa de Lima, que formó mi papá en el '57 y en las peregrinaciones a la Virgen de Punta Corral. Viendo al tío “Iriberto” -sólo en carnaval- aprendí a tocar el bandoneón. Yo era el músico de la comarca y la gente hacia polvito bailando en los patios de tierra. Con el tiempo empezamos a cantar en algún festival. El Kolla Mercado me escuchó y me dijo: “Vos tenés que grabar”. En el año ’83 me trajo a grabar a Buenos Aires y Gustavo Patiño, siempre le agradezco, y musicalizó mis tres primeras grabaciones. Veníamos y en tres días volvíamos con el casette terminado porque había que pagar todo: pasajes, estadía y la comida. Patiño tocaba todos los instrumentos y yo solamente cantaba.

Luego de años entonando músicas en Jujuy y Salta, Lipán pasa gran parte del año en Buenos Aires, por causa de las muchas actuaciones en peñas y teatros de las que participa. En cambio, los veranos lo encuentran carnavaleando en sus pagos.

¿Cómo se lleva con los grandes festivales folklóricos?

 No soy muy pretencioso de ir, por ahí me hace mucho mal. Pero cuando me invitan, voy, y trato de ser lo más respetuoso posible. Se ve muchísima injusticia porque trabajan para el artista de renombre, y a mí me duele porque todos os artistas que están arriba han venido de abajo. El consagrado tendría que mirar para abajo. Su humildad le impide reconocerse como un consagrado a pesar de tener un público que lo sigue y de contar con el respeto de sus colegas. Su ambición no comulga con la gran industria discográfica, por el contrario, es más modesta y se acerca a sus raíces. “Mientras me quede para pagar el alquiler y comer… No tengo casa, no quiero tener nada. Por ahí cuando ya no tenga fuerzas, me consiga algún techito por Purmamarca, por Tilcara. Ya tengo 69 años. Quiero tratar de vivir bien sin la preocupación o la tensión de querer tener, tener y tener… Estar tranquilo, cantar una zamba, una cuequita, una coplita y amar. Entonces, uno es feliz: con coquita, vinito y amor todo está bien”, finaliza y sonríe.

CELEBRAR, HONRAR Y AGRADECER

“Quebradeño a mí me dicen, porque nací en la quebrada, carnavalito de mi querer toda la rueda venga a bailar”, canta Tomás tantas veces como días de carnavales vivió.

¿Qué significa el carnaval en su vida?

 Es mágico. Como el religioso espera para recibir al niñito Jesús, nosotros esperamos al Dios Momo. Veinte días antes, mi papá buscaba leña y agua para la chicha con maíz molido que hacía mi mamá. Después quedaba preparar el caballo, el poncho, el erkencho para ir al carnaval, donde te olvidás de todas las penas que has tenido en el año y volcás la alegría en las coplas. También es comer un rico asado, con choclo, queso y papas abajo del parral y agarrar la caja y cantar coplas toda la tarde, hasta que cada uno se va a su casa. Además del coqueo y el carnaval, ¿qué otras costumbres ancestrales mantiene? Darle de comer a la tierra se hace el 1° de agosto, pero lo hacemos todos los días. El primer traguito de vino se da a la Pachamama simbólicamente. Eso lo tenemos asumido porque la tierra nos da todo. Mi papá no ha tenido empleo, pero ha criado diez hijos a los que nunca les faltó el pan porque labraba la tierra. Entonces, ¡¿Cómo no agradecerle a la Pachamama los que nos dio?!

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