Revista Cítrica

"La policía mató a mis amigos, y también a sus padres"


08 de mayo de 2017

Revista Cítrica

8 de mayo de 1987, Ingeniero Budge. Tres hombres que creen poder decidir quién vive y quién muere fusilan a Oscar, Willy y el Negro, tres pibes de barrio. El recuerdo de Quique, un amigo que luchó para visibilizar el crimen y conseguir justicia.

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Éramos jóvenes. Yo tenía 23, Oscar 18, Willy 24, y Agustín 26. Pibes sencillos que jugábamos a la pelota y teníamos actividades, como cualquier pibe de barrio obrero, medianamente marginal. Nos juntábamos en la esquina porque no teníamos otro lugar adonde ir. La esquina de Figueredo y Guaminí -donde mataron al Negro, a Willy y a Oscar- siempre fue el punto de reunión. Parábamos ahí o nos juntábamos en la casa de alguno a bailar, porque también teníamos chicas en el grupo. Bailábamos rock, bailábamos cumbia. Tomábamos vino, como cualquier pibe a esa edad y en ese barrio.

Algunos estudiaban, algunos trabajaban, otros no. Estábamos recién volviendo a la democracia y las cosas no estaban bien. Durante toda nuestra juventud era difícil conseguir trabajo, y cuando conseguías, era mal pago. Y uno cuando no tiene muchas posibilidades para desarrollarse tampoco tiene expectativas. Solamente queres alimentarte, tener unos mangos para el fin de semana y comprarte algunas zapatillas, alguna ropa. Así éramos.

Ese 8 de mayo Oscar pasó frente a mi casa, me saludó. Era el más pendejo de la barra y recién empezaba con salidas a la calle. Pasó con el pelo húmedo, me acuerdo, se ve que se había bañado en la fábrica donde laburaba. Y al ratito, cuando yo estaba saliendo de mi casa para ir al colegio, lo veo que estaba parado en la esquina, solo. Dijimos de tomar algo después, porque era viernes, y se ve que después se encontró con el Negro y con Willy. Pero también con la policía que llegó y los mató. De frente mal. Los cagó a tiros. Cada cuerpo tuvo un promedio de diez tiros, más o menos. A la vista de todos los vecinos.

Willy era changarín golondrina, trabajaba en obras, era albañil; iba a la cosecha de la papa en Balcarce. Hacía poco que había llegado a Buenos Aires, desde Tucumán. Venía del interior como todos nuestros viejos, que venían para Buenos Aires en busca de una mejor vida. Pero en este caso hubo tres policías que arruinaron las de mis amigos.

Ese día el Negro y Willy fueron a comprar una cerveza a media tarde, a un almacén que hay por ahí cerca, y la señora no les quiso vender. Entonces ellos salieron y golpearon una puerta que tenía un vidrio, que se quebró. Ahí fue que el hijo de la dueña del local llamó a la policía.

Cuando volví de la escuela me encontré con la sangre de ellos derramada en la esquina, fue una imagen muy fuerte para mí. Ahí mismo les prometí que esto no iba a quedar así. No puede ser que cualquier persona que porte un arma te maté así, con un enorme desprecio hacia la vida. Entonces me puse a trabajar con los vecinos, con los hermanos, con los padres, a buscar testigos, a marchar, a pintar carteles y paredes, a hacer actividades, recorrer facultades, canales de televisión. En todo lugar donde podíamos hacer visible lo que había pasado estábamos ahí poniendo el cuerpo y la cara. Y bueno…así fue. Fuimos a Tribunales y a juzgados, y logramos que el juicio se encare, que se cambié la carátula de homicidio en riña a homicidio simple y logramos que condenen a los policías que los mataron. Y creo que ahora ellos pueden estar en paz y pueden estar tranquilos.

Lamentablemente, la realidad nos demostró en el transcurso de estos 30 años que no era un caso exclusivo lo que les había pasado a ellos. Me acuerdo casos de Solano o Dock Sud y muchos otros. Los casos siguen y tal vez no trascienden. Hay mucha gente que cree tener derechos sobre quién vive y quién muere. Y encima son los que teóricamente tienen que defendernos.

La movilización espontánea de todos los vecinos me dio fuerzas para seguir adelante. En esa época en mi barrio toda la gente se movilizaba entre las 6 y las 7. O venían de los trabajos, o salían a comprar, los pibes jugaban en la calle. Y todos los vecinos nos conocían, si vivimos toda la vida ahí. Y estos tipos, impunemente, bajaron de sus vehículos y fusilaron a mis amigos. A la vista de todo el mundo. Porque este hombre, el personaje principal, Balmaceda, era como el dueño de Budge. Es un tipo que estaba acostumbrado a maltratarnos siempre, a cagarnos a patadas en el culo cuando nos encontraba en la calle. Y tiene historias de haber cometido crímenes de este tipo, con anterioridad. Fue condecorado por Camps en la época de la dictadura y él creía que era el dueño del barrio. Entonces vino, mató impunemente y la gente reaccionó, porque nos conocían.

Nos conocen, hasta el día de hoy yo vivo en el mismo lugar. Y en el barrio saben quiénes somos. Que no somos malos tipos, ni nada de eso. Éramos pibes comunes, hijos de obreros que vivíamos y la apechugábamos como podíamos. Entonces eso hizo que la gente salga espontáneamente a repudiar a estos tipos. Porque estaban matando a sus hijos. Del lugar de la muerte, Agustín vivía a 20 metros. Oscar Aredes vivía a 50 metros. Y el negro Willy vivía a 120 metros. Y yo a 100. Nos criamos ahí, somos todos del barrio. Nuestros viejos se conocían entre sí. Tenían sus luchas: trabajaban en conjunto por conseguir el agua potable, el asfalto, o echar mejorados. Nosotros somos hijos de ellos, y terminamos siendo iguales. Un barrio funciona así. Eran hermosos esos años.

La policía no solamente mató a mis tres amigos, sino que además mató a sus padres. Ellos siempre encabezaron la lucha, las protestas, y se murieron de tristeza. Yo vi lo que les pasó: es algo difícil de asumir, y sobre todo en medio de la lucha. Revivirlo todo el tiempo, durante tantos años. Los padres de Aredes y los de Agustín Olivera, mueren de tristeza. Y ellos también son víctimas de estos asesinos. Pero Oscar, el Negro y el Willy vivirán en mi pensamiento y en la lucha. Siempre.

Germán "Quique" Arevalo

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