Revista Cítrica

Moacir: Levántate y anda


10 de agosto de 2017

Pablo Bruetman

Se estrena Moacir III, la película de Tomás Lipgot que completa la saga sobre quien le da nombre al filme, un cantante brasilero que arribó a la Argentina en los 80 y que casi termina sus días en el Borda, pero resurgió una y otra vez.

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Moacir Dos Santos, cantante, y Tomás Lipgot, quien dirigió tres películas en donde el primero tuvo sus protagónicos, esperan en un bar, a pasos del Parque Lezama, el mismo que los cobijó durante las previas al rodaje. La ficha técnica de Moacir III dice que dura 92 minutos, que en la pantalla podremos ver representadas las fantasías y miedos del cantante brasilero que arribó a la Argentina en los 80 y que casi termina sus días en el Borda. Sanación audiovisual certera y maravillosa. Pero, ¿cómo empezó la historia?

“Nos encontramos por primera vez hace como diez años, cuando yo estaba investigando para el documental Fortaleza en lugares de reclusión, de encierro. Pasé por una cárcel, un geriátrico en Rosario y también por el Borda. Esa era la idea general pero después teníamos que encontrar personajes que encarnaran lo que queríamos mostrar, personajes que a pesar de vivir ahí adentro, tuvieran la fortaleza interna como para resistir el encierro. Así que hace mucho tiempo, en 2005 o 2006, fui un domingo al Borda –esos son los peores días en el Borda, muy deprimentes- y en un taller de Cooperanza conocí a Moacir”, cuenta Lipgot, quien no deja escapar el detalle que lo ligó definitivamente a su actor fetiche: “Apenas nos conocimos me empezó a cantar y enseguida pensé ¡Éste es el personaje! A partir de ahí pasaron un millón de cosas que nos llevaron a hacer tres películas”. Ésta, la nueva que se estrena  en el Cine Gaumont, también está repleta de música y emociones.

Moacir copia al director y hace memoria: “Tomás vio una actuación mía que le gustó. Entonces me preguntó si me interesaba participar de un documental y comenzó a contar mi historia a través de imágenes en Fortaleza”.  El cantante agradece al director porque, dice, lo sacó del lugar de encierro. Lipgot lo interrumpe: “Yo no te saqué nada, vos saliste por mérito propio”. Un intercambio interminable de cumplidos. En tiempos tan mezquinos, ser testigo de ese vínculo rebosante de ternura es un festejo del que una puede ser parte ahí mismo, mientras el cantor vuelve a batir su submarino, y en la pantalla, cuando lleva a la práctica cada guión que piensa, escribe y vuelve a pensar.

En cada pieza de Moacir III, la tercera y última parte de la Trilogía de la Libertad –de la que también forman parte Fortalezas y Moacir-, el cantante le hace un corte de manga al encierro. Celebra el amor, desde el más fraternal hasta el que no fue, y también el que aún hoy -a siete años de la Ley 26.618 de Matrimonio Civil (conocida como la Ley de Matrimonio Igualitario)- se estigmatiza. Nada de artilugios, todo se ve en la pantalla: el pedido a Marisa, su terapeuta, para que sea parte del filme, o el que le hace a Noelia, empleada bancaria que le tendió la mano cuando comenzó su proceso de resocialización. Y también nos abren la puerta, el cantor y el director, de su propia relación, la del retratista con el retratado.

“Fue un desafío porque era un proyecto que no sabíamos bien dónde iba a terminar. Nos divertimos mucho, la pasamos bien pero fue un trabajo muy duro porque como era todo muy experimental, nunca sabíamos hasta el momento del montaje qué iba a salir de ahí. Confiamos en el proyecto y nos tiramos a la pileta”, cuenta Lipgot después de darle un sorbo a su café. 

Ficción y documental

Moacir llegó en el ‘82 a la Argentina. Acá dolía la guerra de Malvinas y los milicos saboreaban sus últimos tiempos en el poder robado. Vino a cantar y terminó en el Borda, en donde no perdió su deseo. Llegó a registrar canciones en Sadaic. También a romper con el encierro: “Se externó del manicomio por voluntad propia, algo muy inusual en pacientes crónicos, con largos años de internación”, indica el director, quien no niega lo que costó el rodaje como tampoco el disfrute de cada una de las tomas. “La incertidumbre -recuerda- me carcomió hasta avanzado el montaje, etapa en la que las fichas se acomodaron magistralmente”.

Antes germinaron las ideas de Moacir: cantar Malena, ¡y de qué manera!; ir y venir sobre su propia historia en donde la fantasía y la realidad se tocan tan cerca que se confunden; mostrarse crucificado y alzándose de la tumba porque si alguien se levantó y anduvo, fue Moacir. Y cuantas veces. Desnudos, dirigido y director, nos invitan a ver cada detalle en la pantalla. ¿Quién podría rechazar un convite a ese canto a la autonomía? Antes de despedirnos, Dos Santos, da dos besos y aclara: “Yo en la película sentí mucha libertad”. Y quienes la vean no podrán negarlo.

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