Revista Cítrica

“El arte está más allá de todo”


09 de septiembre de 2017

Revista Cítrica

Marta Minujín explica por qué el arte está un escalón por encima de la política. A 34 años del primer El Partenón, la artista plástica reedita su propia obra; al igual que en 1983, los libros son regalados al público al desmontarse la muestra.

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Fue un contacto corto pero intenso. Corto porque Marta Minujín siempre está a las corridas, y porque ahora, encima, está abocada a su última y colosal obra, El Partenón de libros prohibidos, que se exhibe en la ciudad alemana de Kassel. Intenso porque la artista plástica, despojada de cualquier cliché, siempre dice lo que piensa. Y lo que piensa, a veces, se encuentra en ese difuso límite entre lo racional y lo pasional, entre lo psicodélico y lo formal.   

Al principio intentamos hacerle la entrevista personalmente. Una, dos, tres veces. Pero no hubo caso. En estas semanas, Minujín vuela y no hay manera de alcanzarla. Entonces, para saldar la deuda, nos ofreció hablar por teléfono. Quedamos para un viernes. Y cuando la llamamos, su asistente nos dijo que la habían convocado de la Embajada de Alemania, y que había que pasar la conversación para el lunes. 

Finalmente, el lunes llamamos y Marta atendió el teléfono. Atendió, es cierto, pero su segunda frase fue un golpe al reloj. “¿Qué necesitan? Tengo un minuto para hablar porque justo estoy haciendo una obra”, dijo a modo de bienvenida.       

Entendimos rápido el por qué de su apuro; era 31 de julio, el último día para donar los ejemplares que pasarán a formar parte de El Partenón de libros prohibidos, que se inauguró el 10 de junio y cierra el 17 de septiembre. La obra es una réplica del edificio griego a modo de homenaje a la democracia, se encuentra en la Friedrichsplatz –el mismo lugar donde los nazis quemaron libros el 19 de mayo de 1933, en la llamada “Acción contra el espíritu anti-alemán”– e integra la exposición de arte contemporáneo documenta, en su edición número 14. “La más grande del mundo, la más fantástica, más de vanguardia”, dirá Marta a Cítrica. La obra se logró gracias a la donación de cien mil libros prohibidos desde distintos países, entre ellos los que prohibió la última dictadura cívico-militar en Argentina. Son 48 columnas: cada una tiene 1.500 libros envasados al vacío y rodeados de plástico.

¿Te acordás de algún libro prohibido tuyo que hayas tenido que esconder?

Sí, de Herbert Marcuse, de Marx, de Sartre, de Rodolfo Walsh, de Cortázar.

Es interesante recordar, aunque ahora ya no pase así, que en un momento se quemaban libros.

¿Cómo que no pasa? Siguen prohibiendo libros en todas partes del mundo; en Corea, en China por ejemplo prohibieron Alicia en el país de las maravillas. Hamlet de Shakespeare está prohibido en Pakistán, todo el tiempo prohíben libros. En Turquía, miles de libros; en Rusia prohíben; en Estados Unidos hay grupos que prohíben. Winnie the Pooh está prohibido en China porque dicen que se parece al presidente chino.

Vos ya sos una artista reconocida y por ahí no te pasa, pero ¿sufriste en el último tiempo algún tipo de censura? 

Si, justamente iba a hacer una obra para una bienal internacional que viene acá, que se llama Take me (I’m yours). Ellos me invitaron y yo propuse el billete de un dólar firmado por mí y que la gente se lo llevase. Yo pregunté ¿cuánto cuesta financiar la obra? Diez mil dólares. Entonces les dije: esos diez mil dólares los quiero en billetes de un dólar firmados. Entonces la gente se los llevaba, y como un dólar son diecisiete pesos, o lo guardaba porque después iba a valer mucho más, o lo enmarcaba, o lo gastaba. Entonces se creaba esta disyuntiva, donde la firma del artista que atraviesa todo el billete es más valiosa que el dólar; la gente seguro que se los iba a llevar pero no me dejaron, me prohibieron.

¿Quién te lo prohibió?

Los organizadores de la BIENALSUR.

¿Y participás igual haciendo otra obra?

No, no quise. Eso o nada. Me parecía genial la idea porque mucha gente quiere mi autógrafo, y ahí lo tenían en un billete de un dólar. A veces en internet venden mi autógrafo que le di a alguien a doscientos cincuenta pesos. Por eso, era toda una disyuntiva: ¿qué hace la persona? No me dejaron, porque dicen que no se puede estar regalando dólares.

Vos que viajás mucho por el mundo, ¿cómo ves la situación del arte en el país?

Muy buena, buenísima. Surgen miles de artistas y hay un movimiento brutal, y encima vienen muchos artistas internacionales. De todas maneras, no hay el mismo nivel que puede haber en Nueva York, o que puede haber en Berlín, o que puede haber en la bienal de Venecia, porque acá no hay muchos coleccionistas. Entonces los artistas no se pueden desarrollar mucho porque no tienen plata y trabajan de otra cosa, de maestras, de profesores, de show, de decoración de diseño, de lo que sea.

¿Y cómo ves la situación social en Argentina?

Me parece que hay muchas diferencias, que la gente joven es de una manera y que se sigue divirtiendo muchísimo, creo que más que antes porque ahora están todas las libertades permitidas, y la gente ya más adulta protesta todo el tiempo por cómo son las cosas, por el país, y porque no hay tanto amor por la diversidad. Porque la gente siempre se mantiene en su perímetro cuadrado.

En diciembre de 1983, cuando la dictadura cívico-militar llegaba a su final, Marta Minujín celebró el retorno a la democracia con un Partenón de libros en Avenida 9 de Julio y Santa Fé. Hecho con una estructura de acero y 30 mil libros prohibidos por la dictadura, integró su serie “La caída de los mitos universales”, de la que también formó parte en 1978 el Obelisco acostado, presentado en San Pablo, en el que el emblema de Buenos Aires, pero también del (falo) poderío, se encontraba en posición horizontal en el mismo momento en que se perpetraba un genocidio en nuestro país. Treinta y cuatro años más tarde, la polifacética artista reeditó su propia obra, en una entrega más de su llamado “arte efímero” y, al igual que en aquel primer Partenon de 1983, los libros serán regalados al público cuando se desmonte la obra. Como afirma la filósofa argentina Silvia Schwarzböck: “Con la irrupción del arte pop y de los happenings, el público dejó definitivamente de ser una categoría sociológica para convertirse en una categoría estética”. Y Minujín –que logró construir su figura de artista no solo con sus obras sino también a través de los medios de comunicación– lo sabe mejor que nadie, como lo muestran sus últimas obras de participación masiva como con La Torre de Babel de libros (2011), el Ágora de la paz (2013) o el Lobo marino de alfajores (2014).

¿Cuáles son los temas que te atraviesan y por los que vas a seguir haciendo arte? 

Siempre tiene que ver con la participación masiva, siempre empiezo la obra y después la cuarta etapa es del público. Por ejemplo, ahora hago todo el Partenón, un trabajo brutal de un año y medio, envasar los libros, de hacer todo, y después se lo lleva la gente, porque si yo lo tuviese que desarmar tardaría otro año. Pero va a venir la gente, se va a abalanzar y se va a llevar lo que quiera. Eso va a ser el día final. Lo mismo pasó cuando hice el Obelisco de pan dulce, y cada cosa que hice también fue así. 

¿Qué artistas ves en Argentina que estén haciendo algo diferente hoy?

Hay uno que se llama (Tomás) Saraceno, después la verdad que mucho no sé porque no he estado mirando en la Argentina. Otro argentino que se llama David Lamelas, que es un artista conceptual argentino que vive afuera; otro que se llama Leandro Katz, que vive acá; Horacio Zabala; los que más me gustan son conceptuales.

¿Y a nivel mundial qué es hoy lo que te está rompiendo la cabeza?

Lo que hago yo (risas). Lo que hago yo, es verdad.

¿Cómo es tu vida cuando no estás haciendo arte? 

Un poquito veo la familia, un poco, muy poco porque son muy diferentes a mí. En general, si son muy chicos son muy libres, si son menos chicos también. Los que más me aburren son un poco más grandes.

¿Te aburre la gente grande?

Claro. Es porque yo creo que tengo cinco años. Me siento cómoda con los chicos más chicos.

¿Considerás que tu arte es político?

No. El arte no puede ser político porque el arte está por encima de la política. Entonces debería descender, como fue el arte de los rusos, o el arte cubano en un momento, debería descender un escalón para ser buen arte. El arte no puede ser político, está más allá de todo, más allá de todo.

¿Cómo “descender un escalón”?

Si el artista hace arte político desciende del nivel de arte universal como debe ser. Bueno, ya está, ya me cansé.

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