Revista Cítrica

Dónde estaba Dios


20 de agosto de 2014

El sacerdote y sociólogo Gustavo Morello escribió un libro acerca del rol de la religión católica en el terrorismo de estado.

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Por Marina González
Cooperativa La Diaria

Gustavo Morello es sacerdote jesuita y sociólogo. Trabaja en la universidad privada estadounidense Boston College (Massachusetts), donde integra el departamento de Sociología y es docente.Presentó el libro Dónde estaba Dios. Católicos y terrorismo de Estado en la Argentina de los setenta y explicó cómo los católicos que apoyaron la dictadura argentina justificaban sus abusos.
-¿La condición de jesuita influye en su forma de trabajar?
-Sí. En el trabajo sobre terrorismo de Estado me basé en un caso, el de un cura y cinco seminaristas de la congregación de La Salette, en Córdoba, que fueron secuestrados en 1976. El cura era estadounidense, por eso el Departamento de Estado [de ese país] se involucró y por eso sobrevivieron. Pero en el secuestro intervino lo religioso. Los secuestraron porque eran seminaristas y los que los torturaron también practicaban el catolicismo. Para el Ejército argentino, la Iglesia [Católica] tenía que estar en cierto lugar y la iglesia que trabajaba en barriadas no era verdadera. Además, el problema es que en Argentina la violencia es previa al golpe de Estado. Muchos sectores -en algunos casos, con razón- acusaban a la Iglesia de haber activado a los grupos de izquierda. Es cierto que hubo gente del ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo] y de Montoneros que venían de grupos católicos. Entonces, la idea de los militares era liquidar el origen de los grupos de izquierda y a cualquier precio. De hecho, hay más de 200 agentes religiosos identificados como tales (católicos que son perseguidos), de los cuales más de 100 están muertos. Nunca hubo una persecución religiosa tan fuerte en Argentina como en los años 70, nunca mataron a tantos religiosos.

-Volvamos a la incidencia que tiene el hecho de ser jesuita en su trabajo?
-Me sirvió para trabajar porque conozco el espacio que investigo. Por otro lado, cuando la academia argentina te habla de la Iglesia, te habla de los obispos, pero no de otros católicos que fueron victimizados. Mi decisión -y creo que influye que yo sea jesuita- es decir: “No, yo quiero poner a las víctimas en el medio, que ellas cuenten la historia”. Yo digo que estas víctimas son católicos, realmente, y que el catolicismo de ellos es tan importante como cualquier otro catolicismo.

-A la hora de tratar un tema que involucra a obispos ¿No le implica cierto compromiso, cierta incomodidad?

-No tanto incomodidad por los obispos, sino incomodidad incluso religiosa. Fue una gran pregunta de la teología del siglo XX: ¿Cómo seguir creyendo en Dios después de lo que pasó? Es una pregunta de los católicos argentinos.

-De ahí el título del libro.
-“Dónde estaba Dios....”. Los católicos antiseculares, que no eran sólo los torturadores (había civiles y católicos fuera del Ejército que apoyaban a la represión) decían que los católicos comprometidos eran infiltrados, que no eran verdaderos católicos. Y cuando yo hago las entrevistas [para el libro] los católicos comprometidos dicen: “Este tipo, yo no sé si era un militar infiltrado”. Yo no voy a considerar infiltrado a ninguno. Para mí el que dice que es católico, es católico. Inclusive al margen de la institución, porque parte de lo que pasa en la última parte del siglo XX y hoy es que las personas se definen como católicas con autonomía de lo institucional. Cuando me acerco a hacer las entrevistas, siempre planteo que soy jesuita pero estoy haciendo un doctorado en Sociología. Después de dos horas de charla, para las víctimas, yo era el primer cura que se acercaba a preguntarles qué les pasó. Eso fue muy gratificante pero muy duro también: escuchar los relatos de la tortura, las dudas de la gente en la fe.

-¿Cuáles son las corrientes que se enfrentaron dentro de la Iglesia Católica en ese período?
-Trato de identificar tipos de actores que exceden lo teológico, recurro a categorías más sociológicas. Para mí hay por lo menos cuatro grandes grupos. Hay un cristianismo revolucionario que apoya la lucha armada por la liberación nacional, aun cuando sea en contra de un gobierno democrático. Trabajé ese tema en un libro anterior [Cristianismo y revolución. Los orígenes intelectuales de la guerrilla argentina, 2003], sobre una red integrada por seguidores de Camilo Torres. Había un grupo tupamaro vinculado con esto. Eran cristianos que defendían la violencia revolucionaria como legítimo modo de trabajar por el bien común. Hubo cristianos comprometidos, a los que yo llamo así porque dicen: “No vamos a transformar el mundo si no nos comprometemos con la sociedad”. Esto tenía que ver con el compromiso con la gente, y reaccionaron de manera más solidaria los grupos cristianos que estaban cerca de las víctimas, aunque teológicamente no fueran progresistas. Otro grupo de católicos era el de los institucionales, que no necesariamente eran conservadores. Son aquellos cristianos que defienden una buena relación con el Estado cualquiera sea el poder político a cargo. Finalmente, el último grupo es el de los antiseculares. Estaban convencidos de que para recuperar la nación para el catolicismo había que usar al Ejército, y eran anticomunistas acérrimos. Cualquier cosa era comunismo (desde Jimmy Carter hasta la reforma protestante, pasando por los Beatles) y había que liquidarla. También decían que la democracia neoliberal era un invento del comunismo.

-¿Cómo justificaban los “antiseculares” los crímenes contra la humanidad?
-En 1976-1977 estaban convencidos de que la Iglesia estaba en manos de comunistas, que Pablo VI [papa de 1963-1978] era un traidor, y de él para abajo, todos. Seguían una rama del catolicismo que se había separado en el concilio Vaticano II, que son los seguidores del ex obispo francés Marcel Lefèvre [fundador de la Hermandad Sacerdotal San Pío X]. Ningún teólogo de la liberación rompió con la Iglesia. Fueron sancionados, silenciados, pero ninguno dijo: “Yo me voy”. Los que se fueron son los antiseculares, esa derecha súper conservadora era seguida por los militares argentinos. En las salas de tortura le dijeron a un tipo: [Enrique] Angelelli [el obispo de La Rioja que se opuso a la dictadura] es un mal obispo porque sigue a Juan XXIII y Pablo VI”. Desde esa postura se ponen a ?purificar? a la Iglesia.

-Más allá del anticomunismo, ¿qué era para ellos ser “buen católico”? Porque si torturar a una persona lo era?
-Parte de la acusación del Estado argentino a estas víctimas en los documentos oficiales enviados a Washington era que no usaban clériman [el cuello de los curas], que defendían al reino de Dios en la tierra, que habían cuestionado el absoluto divino y apoyado al absoluto guerrillero (no sé qué querrá decir esto pero eso está), que defendían el tercermundismo, y acusaciones que tenían que ver con el lugar social de los religiosos. No podían estar cerca de los pobres. Ellos explican la tortura como un mal menor. Manipulan el hecho de la guerra justa. Hay documentos de algunos capellanes militares que dicen: “Santo Tomás dice que la pena de muerte es lícita, torturar es menos que matar. Torturar está bien”. Sin embargo, los telegramas de la Embajada estadounidense al Departamento de Estado reportan charlas del embajador en Argentina, Robert Hill (1962-1979), con el nuncio Pio Laghi. El nuncio le dice: “Vienen capellanes militares y militares a decirnos que no pueden dormir con lo que ven”. Eso muestra una reserva de conciencia de un sector importante del Ejército que decía: “Lo que estamos haciendo está mal”. Ésa es la gran crítica de [el fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales, Emilio] Mignone, que dijo que los capellanes militares eran los tipos que podrían haber dicho “paren la tortura” y no lo hicieron.

-¿Cómo ve el rol que tuvo la Iglesia como institución, en la dictadura?
-Yo creo que ese papel no se puede separar de lo que fue la sociedad argentina, del contexto. Para juzgar a la Iglesia argentina hay que tener en cuenta que fue argentina; así como hubo sectores que apoyaron, otros se opusieron. Hubo una violencia política y un terrorismo de Estado que empiezan en democracia. El gobierno del peronismo persiguió y mató a sus enemigos políticos. En ese contexto la Iglesia actuó como muchísimos otros actores sociales: no fue heroica en muchos casos, apoyó el golpe como muchísimos otros actores.


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