Revista Cítrica

DIARIOS DE BICICLETA 7


14 de diciembre de 2012

Revista Cítrica

Lectores, amigos, primos, novios, ex novios y otros parientes nos cuentan, en primera persona, su experiencia con la bicicleta como medio de transporte alternativo para unir distancias cortas, medianas y largas. Por Julieta Sabanes

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Mi bici es muy pequeña, de esas que se usan para hacer street.





Eso hace que se me acerque con admiración y camaradería la gente aventurera y del deporte, pensando que yo también soy del palo y hago piruetas. Me encanta que crean que soy deportista. Escucho sus hazañas y trucos en silencio, para que no descubran que soy una impostora.





Porque yo la street la elegí por su tamaño. Porque es pequeña y me dan miedo las bicicletas grandes del mismo modo que me dan miedo las guitarras, que (alguien lo tiene que decir) son unos instrumentos gigantes, imposibles de ser abordados.





Se la compré a una amiga que la tenía pintada de fucsia, lo cual me pareció un exceso, pero al final me acostumbré. Intenté hacerme adulta neutralizando su espíritu cocoliche con accesorios en azul y rojo. Algo mejoró, pero aun así la gente se acerca a ella como si fuera un cachorrito o un bebé. Genera ternura: bajita pero llamativa.





Hacía tiempo que quería tener una bicicleta. La última la regalé al universo en una especie de crisis de mudanza. Me tenía que mudar en tiempo récord y entre todo lo que regalé estaba esa bicicleta que me la había comprado hacía años, cuando salía con un chico que tenía rastas y una bicicleta (el kit ideal para una novata del amor). Yo acababa de terminar el secundario y al lado del pibe tenía re poca calle. Creo que me compré una para sentirme parte del mundo adulto. Cuestión que el pibe me dejó (seguro fue porque me faltaba calle) y la pobre bici vivió en el balcón de mi octavo piso durante años. Casi nunca la bajaba porque el ascensor era muy pequeño y el encargado me odiaba. Así que un día la dejé en la calle, sabiendo que a otro le sería más útil. En medio de la noche y con mucho misticismo la dejé como a Moisés en el río.





La bicicleta de ahora la tengo hace menos de un año y la amo, siento que es mi lugar de pertenencia, mucho más importante que la casa en la que vivo. Es mi monoambiente.





Cosas que me pasan cuando bicicleteo:





Cuando puedo, me voy a una plaza que está al lado del Rosedal de Palermo. Está escondida y es la versión dark del Rosedal. Está muy abandonada. Sus lagos tienen aguas estancadas y flores silvestres, pero a la vez es hermosa: tiene la belleza de la naturaleza que se cuida por sí misma. Especialmente en esa plaza me pasa que me pongo epistolar. Un espíritu romántico me insta a dictarles cartas a amigos, en la que les cuento mis paseos en bicicleta y todo lo que se me va ocurriendo. Me siento una genia, con esa sensación de genialidad que te agarra cuando estás en una fiesta, tomaste un poco y creés que acabas de escribir la mejor canción.





Yo creo que lo que pasa es que al ponerme en movimiento con el cuerpo, la cabeza también se moviliza y su manera de pedalear es escribiendo cartas.





Me di cuenta que soy muy invisible cuando ando en bicicleta. Muy silenciosa, la gente recién me ve cuando estoy casi sobre ellos y se sobresaltan. Por eso me compré una campanita, que prácticamene no uso, porque? soy silenciosa. A veces, en vez de tocar bocina les digo ¡hola!





El otro día me pasó por primera vez de andar en bici y encontrarme con alguien a quien conocía. El encuentro fue con @danixa y la secuencia fue muy linda porque nos reconocimos con la cara, pero como las bicis no se conocían siguieron de largo hasta que las hicimos girar y retroceder sobre sus pasos. Me pareció una escena de esas películas que transcurren en épocas en las que la gente viaja en carretas y a caballo, y se saluda y se encuentra así, siguiendo de largo, retrocediendo. Me sentí en La familia Ingalls. Así que charlamos un rato y nos elogiamos nuestras bicis del mismo modo que, imagino, las madres se elogian a los hijos.





Ahora que le estoy cuidando la casa a mi hermana Daniela estoy empezando a frecuentar la zona Chacarita, Colegiales, Villa Ortuzar: unos misterios de calles diagonales, de a ratos hermosas, de a otros desoladas. Terror y pasión. El juego principal consiste en no doblar en una calle que te abroche con empedrado.





Si eso te pasa, perdés toda la dignidad del mundo. Ayer @trocasni me dijo por Twitter (porque Twitter es un espacio ideal para hacer “confesiones de bicicletas”) que en ese caso se sube a la vereda. Me da mucha vergüenza cuando voy sobre el empedrado y hay gente que está en la vereda y sé que me está mirando. Es muy escandaloso. Como si hubiera un terremoto que sólo me afectara a mí y a nadie más. Tiembla todo el cuerpo y la cara se te abre como si fueras un bulldog corriendo a toda velocidad. Me da ganas de ponerme a llorar.





Al principio, bicisendeaba a lo loco porque me daba miedo convivir con autos y colectivos, pero ahora reconozco que la calle sin bicisenda es libertad pura. Sobreprotección vs. libertad.





Andar pasada la medianoche, cuando el tránsito y los transeúntes escasean, es una sensación hermosa también, me hace cantar fuerte.





A la vez, andar en bicicleta es mucho menos agobiante que caminar, es como nadar o volar. Y por suerte, por cada gil que estaciona en las bicisendas y/o te encierra con su auto, hay siempre otra gente mucho más atenta que te da el paso y te sonríe.





*Julieta Sabanes es cantautora





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