Revista Cítrica

Para no olvidar, hay que poder comunicar


24 de marzo de 2016

Revista Cítrica

Periodistas, actores y poetas explican cómo hicieron para contar cuando no se podía y cómo se hace hoy para recordar.

Julia González-periodista
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Mariela Pugliese*

Sólo para personas físicas. O sociedades comerciales. Sin lucro no se podía tener un medio de comunicación. También ahí el mercado y el individuo marcaban el paso. Estaban prohibidas las actividades gremiales, las reuniones en la vía pública, la actividad política. Lo que estaba prohibido era que el pueblo se organizara. Casi de inmediato, apenas decretado el Golpe, junto con la disolución del Congreso llegó la intervención a los medios de comunicación. Y después un decreto para limpiar el terreno. De la mano, siempre. Ajuste económico, medios privados. Ocultamiento de la realidad, medios concentrados. Y el discurso del individualismo cada vez más fuerte, abriendo la grieta, tapando la experiencia colectiva, para que nos sintiéramos aislados, derrotados. Con un único horizonte posible marcado por la propiedad privada y el caminito del sueño americano.

Pero hombres y mujeres nos seguimos juntando y descubrimos que la comunicación popular, colectiva, comunitaria nos seguía haciendo libres, aunque al principio pareciera clandestina. Que la palabra era nuestra, para redescubrir la historia y las luchas y los deseos y la posibilidad de un mundo más justo. Verdad, justicia. Todo está sembrado en la memoria del pueblo. Y ahora, en nuestros medios.

*Presidenta de Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO) 


Marcela Isaías

Para quienes pasamos los 50 es inevitable cada 24 de marzo hacer un repaso de qué hacíamos ese día de 1976, qué recordamos y que esas imágenes sean motivo de infinitas conversaciones. A 40 años del golpe cívico militar, esa práctica es ya un ritual colectivo, de duelo, pero también de abrazos a la vida. El ejercicio introspectivo de esa memoria permite dimensionar lo logrado en estas cuatro décadas y advertir cuánto falta todavía. Mirar nuestras historias ayuda a develar el pasado y reconocer cómo esta práctica sostenida ha ido abriendo lugar a la verdad y a la justicia. Cómo esas convicciones, impulsadas sobre todo por los organismos de derechos humanos, fueron plasmadas en políticas de Estado. En particular, desde 2003 en adelante. En mi oficio de periodista dedicada a temas de educación, desde hace 25 años, confirmo todos los días estas transformaciones tan valiosas. También cuánto puede hacer (o no) la escuela para que los chicos y jóvenes no se queden afuera de ese abrazo a la vida que nos ofrece la historia. Sin descuidar en esa tarea la enseñanza de estar siempre alertas para defender lo logrado.

Cuando el año pasado la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, visitó una escuela técnica de Rosario, un grupo de adolescentes la esperaba en la puerta. Habían preparado un bello mural dedicado al cuidado de la naturaleza y de la vida, al que la invitaron a darle la última pincelada. En ese momento Estela les confió a los chicos que tiene nietos que son muralistas, que “han pintado pajaritos volviendo al nido, expresando con ese arte el trabajo de Abuelas buscando a sus nietos”. A ese emotivo encuentro reciente entre Estela y los adolescentes no se llegó sin antes transitar durante muchos años las amenazas, el silencio y el temor a hablar de los asesinatos, desapariciones forzadas y violaciones a los derechos humanos que atraviesan a varias generaciones. Para valorarlo, al igual que tantas experiencias pedagógicas marcadas por la memoria, es siempre imprescindible recordar lo que pasó. 

Cada 24 de marzo es una fecha dolorosa, de profunda tristeza, pero también una oportunidad para estrecharnos en la vida, de defenderla por nosotros y por quienes nos siguen. Más en esta oportunidad, cuando se cumplen 40 años del golpe cívico militar y sobrevuelan por la Argentina otra vez los intentos de olvido y de no hacer justicia.

*Periodista especializada en temas educativos del diario La Capital, de Rosario


Laura Terenzano

Nos piden que en el futuro nos acordemos de los que hoy vendieron/entregaron la patria a los buitres. Pero de los buitres del pasado ¿quién se acuerda? Ese trabajo de memoria cotidiana no fue magia: es el fruto de una tarea diaria encarada por un colectivo de personas y organizaciones, una muestra de que la comunicación es y debe ser una actividad conjunta. Durante más de una década tuvimos un gobierno que generó políticas de Estado que permitieron abrir puertas hacia la verdad. Sutiles mecanismos de silenciamiento ponen en peligro esa memoria. Recortes de presupuestos, reacomodamiento de estamentos del estado, indiferencia hacia logros y, en algunos casos, ninguneo del propio presidente a figuras emblemáticas de esta lucha. Es imprescindible que trabajemos para no olvidar quiénes fueron los que entregaron la patria a los buitres de cabotaje hace cuarenta años. Para eso es fundamental que la memoria se plasme en información. La comunicación es un campo de lucha: no existe el periodismo objetivo. Hay personas que con sus voces y sus palabras eligen qué contar y cómo contar la historia. Los medios de comunicación públicos tenemos la responsabilidad y la urgencia de no dejar el camino liberado a los monopolios anestesistas de la verdad. Y eso será posible si y solo si mantenemos viva la memoria por más y más justicia, como desde hace cuarenta años.

*Periodista de Radio Ciudadana, de Concordia


Esteban Magnani*

El 24 de marzo de 1976 fue durante mi infancia una fecha histórica, de esas que se aprenden en la escuela. Una fecha que, además, no estuvo siempre junto a las otras: comenzó a aparecer entre la bruma, de a poco, para acomodarse junto al 10 de mayo, el 9 de julio, el 3 de febrero y otras. Con el paso de los años, la llegada a la facultad,el interés por la política y por entender cómo llegamos hasta acá, comencé a ver rastros de esa fecha en mi actualidad: en algún momento fueron ciertas frases hechas sobre qué es la “argentinidad”, que más que describirla, la construían. Más tarde empecé a ver hilachas que se colaban en el presente, en el comportamiento y la prepotencia de las fuerzas de seguridad, en las editoriales periodísticas apenas edulcoradas que mantenían viva la llama del autoritarismo, en un poder judicial transformado en una institución aristocrática dedicada a cementar privilegios de clase, en distintas intervenciones de un poder económico dispuesto a disciplinar a los poderes políticos cada vez que intentaron responder al interés de la mayoría. Así, de a poco, el 24 de marzo dejó de ser una fecha para transformarse en una presencia cuyos rastros, por momentos evanescentes, se podían encontrar por todos lados. Por momentos creí que la batalla cultural contra ese fantasma estaba ganada y que la mayoría había elegido la solidaridad, la convivencia, la construcción colectiva. Creí que se había aprendido de los errores, de los dolores, de la sangre. Pero han sabido reconvertirse, disimularse, transformar cada error ajeno en un apocalipsis mediático, explotar las frustraciones cotidianas y el odio hasta reformular un sentido común capaz de seducir a una mayoría, al menos por un tiempo.
El 24 de marzo está presente y es bueno recordarlo, señalarlo con el dedo para hacerlo visible. Para que no se enrosque alrededor nuestro de a poco, disimuladamente.

*Periodista, docente y escritor


Miguel Grinberg*

Al producirse el golpe yo trabajaba como redactor del diario La Opinión, en la sección Artes y Espectáculos, tarea que se extendió hasta 1980, año en que inicié la edición de la revista Mutantia y el programa "Agenda Invisible" por Radio Municipal (con Luis Jalfen, Rodolfo Rabanal, Alberto Fisherman, Raúl Vera Ocampo y Jorge Bolívar). En todos los casos se trataba de documentar el pensamiento crítico, la imaginación incondicionada y el espíritu libertario. Que en la misma época fue encarnado por quienes escribíamos en la revista Humor Registrado. Había censura en los medios oficiales, por cierto, pero jamás renunciamos a expresar los valores humanos y el espacio poderoso de la mente indómita. Estaban prohibidos los partidos políticos, los centros de estudiantes y la política sindical. Pero desde el rock, la poesía, la filosofía y la ecología fuimos parte de una "resistencia" inequívoca.

*Escritor y periodista


Ana Cacopardo*

Los 40 años son la oportunidad renovada de comprometernos con este presente muchas veces amenazante para la vigencia de los derechos humanos y la dignidad de las personas. De hacerlo sin ingenuidad porque sabemos que no basta con gritar la consigna Nunca más. Y sabemos que la memoria no ha logrado vacunar a la humanidad del mal y el horror porque las masacres se repiten aquí y allá en el mundo. Pero ese Nunca más es el ideal humanitario que nos empuja a no naturalizar violencias y exclusiones. A pensar cuáles son los umbrales que no deben correrse. Y aquí hay un conjunto de batallas pequeñas, cotidianas e indispensables que cada uno de nosotros puede y debe librar desde el lugar que le toque. Que cada uno de nosotros debe antes, poder nombrar, porque lo primero es poder reconocer lo que nos pasa y ponerlo en contexto. Un contexto de capitalismo global y brutal donde enormes masas de población están condenadas a no tener futuro, tan prescindibles para el mercado que ni siquiera hace falta eliminarlas, basta con dejarlas morir. Un contexto donde la seguridad social se convierte en seguridad individual y alimenta el mercado del miedo, el encarcelamiento masivo o prácticas brutales de las fuerzas de seguridad. Donde cedemos derechos e intimidad a cambio de la promesa tan incierta como repetida de unos estados que profesan cruzadas contra la delincuencia y terminan alimentando el círculo de la violencia. Unas democracias jaqueadas por intereses supranacionales donde los medios de comunicación son poderosas corporaciones económicas, con un extraordinario poder de lobby para garantizar la reproducción de sus negocios y con una capacidad formidable de darle a sus intereses la forma del sentido común mientras vienen a decirnos que todo lo demás es desechable porque es ideología. En medio de este panorama complejo, que a veces nos parece tan cerrado, el Nunca más viene también a decirnos que es posible. Que ese otro mundo posible, ese que soñamos, también está entre nosotros. Aunque no salga en la televisión. En nuestras fraternidades, en el poder de lo pequeño, en el reconocimiento del otro, en las esperanzas y desasosiegos compartidos. En la alegría, claro. Porque nos empuja esa utopía: la de la felicidad colectiva. La alegría, sí. Esa con la que nos encontraremos en las calles este 24 de marzo.

*Periodista


Víctor Hugo Morales* 

Los números redondos siempre despiertan mayor interés. Es importante que, al cumplirse 40 años del golpe, se lo recuerde con la concientización que lo hace la sociedad argentina. En momentos como éste el uso de la memoria se torna fundamental. Es un tiempo de mucha violencia institucional y sobre todo contra los trabajadores. Veo una provocación permanente, como si estuviesen deseosos de que alguien pierda el control. Por suerte la gente está muy tranquila, muy serena, muy segura de que fue estafada y de que no necesita probar nada al respecto. Allí estará en la plaza, como cada año. Más que nunca.

*Locutor y periodista 


Julia González*

Recibo un mail de mi viejo con el asunto: Fwd: FW: fotito Hace apenas 32-33 años. No había nada escrito, nomás una foto adjunta. La abro y reconozco a mi vieja agachada, abajo a la izquierda, con el pelo corto a lo varón y mirando campo adentro. Tenía media sonrisa pero no resplandecía. Su color de pelo todavía era el castaño natural, y la cara aún redonda con marcas de acné de la adolescencia que aún no terminaba. Al lado de mi vieja, apoyada en una avioneta, está Viviana. A ella la reconocí enseguida porque, a pesar de haberla visto pocas veces, siempre me habían llamado la atención su flacura y su buena onda. Me encantaba ver a Viviana. En la foto está igual a mi recuerdo: una sonrisa Kolinos y el pelo lacio tapándole las orejas. Apoyado en la delantera de la avioneta, en la parte de la hélice, Carlitos, el novio de Viviana. La pose canchera y el pantalón apretándole las bolas, un poco descamisado y esa piel tersa y oscura. Carlitos está mirando al flaco que se lleva el protagonismo en la imagen y está adelantado al resto. Un pibe de pelo largo, anteojos culo de botella, fuma un cigarrillo. Me recuerda a Andrés Caicedo en esas pocas imágenes que rondan por la web. Este pibe sobresale pero yo no lo había visto nunca. No lo conozco ni por fotos. Carlitos también estudió periodismo en La Plata junto a mi vieja y a Viviana. Mi vieja ya me había contado la historia de Carlitos y Viviana. Se casaron en Villegas, tuvieron a Pablo y después los chuparon a los dos. Los tuvieron algunos días secuestrados y los soltaron sin haberlos torturado físicamente, sólo cachetadas y empujones. Por fin los soltaron y se reunieron con Pablo, que había estado al cuidado de un tío. No sé por qué, pero mi vieja siempre se sintió culpable por su secuestro. Se preguntaba por qué no se los habían llevado a ellos, si siempre andaban juntos.
Finalizando el 77 mis viejos se vinieron a Buenos Aires, La Plata estaba heavy. Era un caldo de cultivo de pibes recién llegados de los pueblos, militantes, con ideas. A mis viejos les pisaban los talones”. (Texto escrito en 2009).

Miguel Angel Moussegne, el pibe de pelo largo y anteojos, protagonista de la foto, se había ganado el apodo de “la Abuela” gracias a un sobretodo largo que usaba en invierno y que lo hacía parecer una vieja.

Cuando era chica, entrados los 80, solía escuchar historias de la Abuela. Reconocía el tono pesado que usaban mis viejos y cuando fui creciendo, fui entendiendo. Mi vieja hasta le había escrito algunas poesías. La Abuela estudiaba Agronomía en La Plata y junto con mi viejo se disputaba el amor de mi vieja. Militaba en la Juventud Universitaria Peronista, al igual que mis padres, y lo chuparon a los 23. La Abuela tenía una vida.

A cuarenta años del golpe cívico militar es vital gritar, repetir, respirar, sentir y volver a gritar que NUNCA MÁS debemos permitir un plan macabro y sistemático como fue el del genocidio avalado por el Estado entre 1976 y 1983. Hace siete años, cuando recibí esa foto de la Abuela, se le estaba dando a los Derechos Humanos el lugar que le correspondía. Ahora tenemos que seguir gritando NUNCA MÁS, más fuerte que nunca, para que esos derechos no tambaleen, no se vulneren, y NUNCA MÁS vuelvan a ser desplazados.

*Poeta y periodista


Mario Alarcón*

Yo recuerdo que nunca me metieron tantas veces preso. Pero nunca me pasó nada, era una cuestión rara. Salía de trabajar del Teatro San Martín, después iba a tomar café al bar La Paz y de repente nos llevaban. Lo que más me llamaba la atención era que nos llevaban a todos los que estábamos en el bar: eran como Sérpicos, gente que si vos la ves nunca hubieras pensado que era policía o militar. Yo era un actor que no militaba en ningún partido político. Al principio, la situación era rara y no entendía, hasta que de a poquito me fui enterando, yendo al sindicato, de lo que estaba pasando. Sinceramente costaba creerlo. ¿Desaparecidos? ¿cómo desaparece gente? No te entra en la cabeza, costaba entender hasta que muy de a poco te ibas dando cuenta por la vida cotidiana, en el teatro, por gente que nunca habías visto. Nadie hablaba. Era como que el inconsciente marcaba que no había que hablar nada.

Hay algo muy argentino: aquí pasan tantas cosas todos los días, que parece que lo de hoy supera a lo de ayer. Es bueno recordar: memoria hay que tener y que las generaciones que no vivieron esa época sepan realmente lo que pasó, para que cuando sean adultos sepan y nunca más vuelva a pasar.

*Actor

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