Revista Cítrica

Carteros en el siglo XXI


21 de enero de 2018

Agustín Colombo

Twitter: @ahcolombo

Una reflexión a propósito del cierre de El Gráfico y el despiece del diario Hoy. El desplome de los que exponían teorías ideologizadas sobre la crisis del periodismo de papel y el problema de trabajar bajo la tiranía de lo ya juzgado.

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En el periodismo —sobre todo en el periodismo gráfico— venimos repitiendo un raro ejercicio en el último tiempo: el de pensar, a veces en silencio, otras veces con compañeros y compañeras, cuánto tiempo nos queda, cuándo nos tocará, en qué diente puede trabarse el engranaje que nos devora.

Trabajamos bajo la tiranía de lo ya juzgado. Un final escrito al que sólo le faltan dos datos: el día y la hora. La razón —o la excusa— ya la sabemos: la muerte del papel, la caída de las ventas, la transformación de la industria.  

El martes, los que escucharon la sentencia fueron los 15 trabajadores de El Gráfico. El jueves, 45 del diario Hoy, de La Plata. En diciembre había ocurrido lo mismo en La Razón, y en noviembre en la agencia de noticias DyN.

“A las 15:15 estábamos trabajando en la redacción. A las 16:05 nos pidieron que juntáramos lo más rápido posible nuestras pertenencias y que, en lo posible, no volviéramos nunca más”, contó Martín Estévez, uno de los periodistas de El Gráfico, en Cítrica. “Nos fuimos avisando nosotras por teléfono. Fue impactante: hubo dolor, llanto, incredulidad y hasta agarrarse de la última expectativa de que alguien llame el fin de semana y cambie de opinión”, dijo aquí Alejandra Fernández Guida, una de las periodistas de DyN.

Trabajamos bajo la tiranía de lo ya juzgado. Un final escrito al que sólo le faltan dos datos: el día y la hora. La razón o la excusa ya la sabemos: la muerte del papel.

Los empresarios de medios entraron en una nueva fase deshumanizante: ya no tienen reparos ni el mínimo cuidado para anunciar lo horrible.  

La Razón y DyN eran —total y parcialmente— del Grupo Clarín, que echa periodistas mientras ultima detalles de su fusión con Telecom, lo que originará una de las etapas más rentables de su historia, con el servicio cuádruple play (telefonía fija y móvil, internet y tevé por cable) como horizonte.  

Antes de Clarín había sido el Grupo 23, de los vaciadores Sergio Szpolsky y Matías Garfunkel, cuyo cierre dejó varios centenares de periodistas en la calle. Y también el Grupo Indalo, que creció bajo la indulgencia de un Estado amigo y decreció cuando ese Estado cambió de color, la indulgencia se convirtió en hostilidad y la hostilidad se convirtió en aguinaldos sin cobrar, sueldos abonados en cuotas e incertidumbre sobre el futuro inmediato. 

Como dijo el especialista Martín Becerra, la teoría de los que ensayaban que la crisis de los medios era un herencia kirchnerista, se derrumbó por completo cuando Clarín completó la trilogía que había iniciado con el cierre de Artes Gráficas Rioplatenses (AGR). Y se agudizó en estas semanas con el vaciamiento de medios públicos como Canal Encuentro, Paka Paka, DeporTV, Radio Nacional, la TV Pública y el Canal de la Ciudad. Ninguno de estos pertenece al submundo de la prensa escrita, pero forman parte del escenario de los medios: un escenario desolador.    

Como dijo Martín Becerra, la teoría de que la crisis era una herencia kirchnerista se derrumbó cuando Clarín cerró AGR y parte de sus medios. La situación es demasiado compleja para lecturas ideologizadas. 

La revista El Gráfico no era del Estado. Tampoco de Clarín. Pero sí de uno de sus socios, Torneos, que invierte fortunas para sacarse el estigma de “empresa corrupta” que le dejó el Fifagate y la detención de su ex CEO, Alejandro Burzaco, un sobornador serial que en noviembre explicó, entre las paredes de madera de los tribunales de Brooklyn, cómo es el entramado de corrupción que ideó y tejió, junto al menos 41 personas más, para quedarse con los derechos televisivos de distintos torneos de fútbol en el continente. 

Torneos quiere lavar su imagen. Por eso cambió su logo y hasta su nombre (antes era Torneos y Competencias), y firmó un acuerdo mediante el cual la fiscalía neoyorquina deja de investigar su oscuro pasado a cambio de un cambio sustantivo en las formas de hacer negocios.

Ese acuerdo, evidentemente, no contemplaba despidos sin previo aviso ni el cierre de sus unidades de negocio. Tampoco la responsabilidad social que tenía la empresa por ser la propietaria de un medio de comunicación icónico, al que le faltaba apenas un año y dos meses para llegar a su centenario. No somos ingenuos: a Torneos, como a cualquier empresa, le importa más la ganancia que la cultura. Y cuando la cultura no da ganancia, pasa lo del martes.  

Evidentemente no sólo es la transformación de la industria, que nos atraviesa, sino también el modelo de negocios que sustenta a los medios comerciales: ahí también hay indicios de por qué nos pasa lo que nos pasa.  

El fin de El Gráfico también nos interpela desde lo vocacional. Un sinfín de colegas recordó su infancia de lecturas clandestinas e iniciáticas, de travesías exclusivamente programadas para los martes, el día que salía la revista. Leer El Gráfico hizo felices a muchas generaciones y además formó periodistas. Los invitó al banquete de los medios.

Pero si hubo tapas o notas o números enteros que actuaron como iniciadoras del oficio, la pregunta que surge hoy es qué enciende o motiva a las nuevas generaciones: ¿un tuit ingenioso, una noticia replicada hasta el hartazgo, un grito más o menos fuerte en algún panel televisado? Por suerte todavía quedan ejemplos, pero esos ejemplos están lejos de ser masivos, de vender 600 mil ejemplares por semana, como vendía El Gráfico en su época de oro.

El fin de El Gráfico también nos interpela desde lo vocacional. Un sinfín de colegas recordó su infancia de lecturas clandestinas e iniciáticas. ¿Hoy qué enciende o motiva a las nuevas generaciones?

La caída estrepitosa de inscripciones en las escuelas de periodismo tiene que ver, sin dudas, con esos factores: falta de ejemplos y falta de laburo. Una combinación de la que conviene escapar.

Estamos en un proceso de transformación. Pero pocos sabemos hacia dónde va ese proceso. Sí sabemos que no hay lugar para todos. Que el gremio se achica drásticamente, que hay muchos compañeros y compañeras que quedan al costado de la ruta. 

Trabajamos de carteros en el siglo XXI. Habitamos esta suerte de faro que apenas ilumina, que genera una penumbra sobre un mar vacío: los lectores del papel. Quedan pocos barcos a quiénes guiar. Pero sobre todo quedan pocos faros a los que subirse.   

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