Revista Cítrica

“Nunca fuimos imitadores de nadie”


28 de abril de 2014

Revista Cítrica

Este miércoles a las 21.30, una de las familias más representativas de nuestro folclore mudará su Carabajalazo al Teatro Opera. Aquí, la charla que tuvieron con Cítrica.

Juan Ignacio Calcagno
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Siempre es un buen momento para volver a tocar en familia. Y más cuando esa familia tiene un propósito ambicioso, no en lo material, sino en lo simbólico: el de convertir, al menos por un rato, la calle Corrientes de Buenos Aires en un gran patio santiagueño, donde suenen tambores y guitarras, y predominen las chacareras del Carabajalazo. Está escrito en algún destino del folclore argentino: Los Carabajal siempre vuelven. En realidad nunca se van, o nunca se fueron: con varias formaciones, el legado familiar lleva casi medio siglo de tradición y persistencia.

Este miércoles 30 de abril, a las 21.30, llevarán su rito al Teatro Opera. Estarán en el escenario Kali, Musha, Walter y Blas (el cuarteto actual), más Cuti y Roberto, y Graciela. Casi toda la familia. No descartan que algún otro familiar (¿tal vez Peteco, tal vez Roxana?), seducido por el sonido de las chacareras, se sume a último momento. “Uno de los motivos por los cuales decidimos juntarnos otra vez es para dejar testimonio. No es para buscar un éxito. Es para hacernos cargo de esta historia familiar y musical”, explican Kali, Musha y Cuti mientras toman un café en una sala de la Escuela Popular de Música.

La inminente noche del Opera promete asemejarse al inolvidable recital en el Luna Park en el que se conmemoraron sus 40 años de música. Una noche que sin dudas tiene su espacio reservado en los anaqueles del folclore argentino. 
 
Ustedes vienen peleándola en Buenos Aires desde hace mucho. Ahora, con toda la historia detrás, ¿pueden afirmar que es mucho más difícil para los que vienen de las provincias?
Musha: Totalmente. El primer recuerdo que tengo es la frialdad que hay cuando llegás a Retiro. Esa primera impresión te impacta. Es un cambio grande. Nuestra familia, cuando llegó a Buenos Aires, buscó un ámbito similar a Santiago, entonces se asentaron en Morón, en la zona oeste, donde hay muchos santiagueños. Era un lugar donde nos sentíamos contenidos: había calles de tierra, era un pueblito cerca de la gran ciudad. Y el domingo, de repente, se escuchaba música, meta chacarera, y se sentía el olor a las empanadas.
La sucursal santiagueña que representaba Morón para los Carabajal y para todos los que arribaban desde el norte, fue también el lugar donde empezó a correrse el rumor de su música. El talento sobraba. La plata, no. “No generábamos nada. Pero nuestros padres nunca nos dijeron 'ey, che, dejen la guitarrita y agarren un balde y una pala'. Y eso que nunca fuimos una familia acomodada económicamente”, cuenta Kali. 

Cuti, el más veterano de los tres que charlan con Cítrica, recuerda que con el tiempo, por la zona oeste comenzó a reconocerse el estilo musical de la familia, pergeñado y enseñado por Agustín y por Carlos, los dos líderes de la tradición. “Ellos nos enseñaron a rasguear la guitarra, a tener una visión sobre los temas, a cantar, a armonizar. Nunca fuimos imitadores de nadie. Nos enseñaron a avanzar despacito pero seguros, como buenos santiagueños”, remarca Cuti.

¿Qué se puede adelantar del concierto?
Cuti: Se va a dividir en cuatro partes. La primera será las canciones de este último disco, que se llama El Carabajalazo. Después tendrá su segmento Graciela y el dúo Cuti y Roberto, que cumplen 25 años de trayectoria juntos. Luego Los Carabajal, el grupo actual, cantarán y tocarán sus canciones más recientes. El último será un homenaje, un recordatorio donde estarán presentes los orígenes; recordaremos cómo se gestó esta historia, y cantaremos algunas canciones que tienen que ver con el recorrido familiar, para terminar en un patio santiagueño con bailarines, cantores y todo. 

En ese final, el Opera se transformará, mágicamente, en un patio con tierra, horno de barro, olor a empanadas y, claro está, decenas de hombres y mujeres que bailarán y rasgaran sus guitarras hasta que el encanto de esta familia icónica de nuestra cultura popular lo disponga. Ya lo sabemos: el tiempo, por suerte, no es algo que les importe mucho a los santiagueños.



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