Revista Cítrica

Amor Amarillo


23 de junio de 2017

Lautaro Romero

Como cada solsticio de invierno, los pueblos originarios amazónicos y andinos celebraron el Inti Raymi, la fiesta del Sol que heredaron de los Incas y marca el año nuevo. Algunos, como los Aymaras, lo festejan lejos de su tierra. Por los ancestros, todos juntos, resistiendo.

Claudio Ricartes
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Anochece un feriado y no queda un alma en la calle. Salvo en ese espacio verde ceremonial, en el predio Gorki Grana, ubicado al oeste del Gran Buenos Aires. Hay un fogón que cobija a un grupo de personas. Adultos, jóvenes y niños. El calor hace olvidar el frío. Pero ese puñado de almas que prefiere callar y contemplar el rechinido de la leña consumiéndose (y hay montones de bolsas de leña esperando ser arrojadas al fuego), busca algo más que eso. El por qué de estar en ese preciso lugar lleva más bien a un momento de reflexión. De conectarse con uno mismo y reconocerse como un ser que coexiste con la Madre Tierra. Es hora de liberar los prejuicios y los miedos,  y dejarse llevar por el ritmo incesante del sikuri, baile tradicional andino. También es tiempo de hablar y compartir. Y claro: recibir los primeros rayos de sol al amanecer. Es la noche más larga del año, la del 21 de junio, y el Inti Raymi, apenas comienza.

Todos están dispuestos a celebrar la fiesta en honor al sol, como a la vez sucede en varios puntos de Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia y el norte argentino. Un legado sagrado de los Incas para gran parte de los pueblos originarios de Latinoamérica, en relación al ciclo agrícola.

Los Aymaras se suman a una ronda cada vez más grande. Han llegado varios representantes de este pueblo originario que camina la meseta del lago Titicaca desde tiempos precolombinos. La agrupación está conformada en su mayoría por huancaneños, con raíces en Huancané (Perú), que migraron y buscan mantener sus tradiciones. Cristóbal es uno de ellos, y es quien toma la palabra.

“Esta noche celebramos el inicio de un nuevo ciclo en el mundo andino. Para nosotros el Sol no es visto como una deidad, forma parte de nuestra religiosidad esto de vivir en armonía con la naturaleza. La palabra Dios tiene que ver más con una tradición occidental”, asegura, quien lleva 11 años viviendo en Argentina. Santiago, su compañero, parece más reservado, y se lo identifica fácilmente por el gorro de lana, tan característico del altiplano, que lleva su nombre. “A medida que pasan los Inti Raymi, uno va comprendiendo otras cosas de la vida. Hay reflexiones hacia uno mismo, hacia los demás. El daño que le hacemos al planeta. Es un momento para pedir disculpas, permiso y agradecer”, nos cuenta.

Bienvenido y gracias. El humo que sale del brasero llega a cada uno de los que están en la ronda, siendo inhalado o simplemente danzando alrededor, purificando el aire y eliminando las malas energías. En el centro, sobre el fuego, está la olla con alimento. Cubiertos, platos y viandas pasan de mano en mano. Otra olla, inmensa, aparece en escena: es el Api (bebida típica boliviana preparada con maíz morado) que trajeron los Aymaras; para compartir algo caliente acompañado de unas deliciosas tortas fritas. Nadie pasará hambre esta noche. Básicamente, de eso trata el apthapi. “Es distinto el apthapi donde las comunidades traían su producción de papa y choclo, dependiendo de qué zona eran. Nosotros tratamos de promover el dar y el recibir. Son palabras muy lindas que nos cuesta poner en práctica. Compartir de corazón con lo que uno tiene, con lo que generó. Si no tenes nada, también podes participar”, sostiene Natalia.

Sikus de varios colores y formas suenan con devoción. El sonido transmite alegría y sentir colectivo. Los tambores, retumban en las paredes de la Mansión Seré, que habla de Memoria, Verdad y Justicia, a pocos metros de ahí. De pronto, todos se ubican formando un mandala humano. Las mujeres danzan en torno, envolviendo el espíritu con sus ponchos. Se canta y se baila al compás de la Pachamama y lo popular, con un ritmo de huayno. “Los pueblos originarios todavía están de pie, con ganas de mostrar cómo son y transmitir a cualquier persona que quiera compartir”, piensa Santiago. Cristóbal, opina que “hemos sido colonizados en todos los aspectos. Hay muchas cosas que se han tergiversado. Pero estas ceremonias sirven para cultivar. Es una especie de resistencia. Nosotros no queremos ser totalmente avasallados. Esto se lo transmitimos a nuestros hijos”.

Es de madrugada. Todavía faltan algunas horas para el amanecer y los Aymaras emprenden el retorno a casa. Extrañan su tierra, pero se van solemnes y repletos de vida, esperando un nuevo ciclo. Sólo quedan algunos valientes alrededor del fuego. El frío, el cielo y las estrellas, toman un papel preponderante durante la vigilia. También la música, que acompaña y lo hace más ameno. Anuncian lo que está por venir. El momento culmine, el de los primeros rayos de sol.

 

El lugar de la memoria

“La idea es poder recuperar estas ceremonias, esas costumbres que son ancestrales y nos conectan con la naturaleza y lo astronómico”, nos explica Natalia, que trabaja en la Dirección de Derechos Humanos del Municipio de Morón, y hace tres años que forma parte del Espacio por la Memoria de los Pueblos Originarios.

“Consideramos que a través de la cosmovisión indígena podemos conectarnos plenamente con otros hermanos. Lo que hacemos es juntarnos, conocernos, ver por dónde estamos caminando. Siempre hay algo que llama a venir acá y compartir este conocimiento”, dice la integrante del EMPO, y una de las impulsoras del encuentro.

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