Revista Cítrica

"Al tango no hay que pedirle que sea eterno"


26 de agosto de 2017

Maxi Goldschmidt

Bandoneonista y arreglador en las orquestas de Piazzolla y de Pugliese, el músico Rodolfo Mederos suelta su tristeza por la actualidad del género y reconoce que si todavía existe, es por una moda. El elogio a algunos jóvenes y su pronóstico sobre el futuro.

Juan Pablo Barrientos
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A Rodolfo Mederos lo llamamos el día que murió Horacio Salgán. Por teléfono y en unos minutos, no sólo nos regaló unas hermosas palabras sobre el maestro. También nos interpeló. Ni nos conocía pero del otro lado del tubo había un hombre –un músico del carajo, un referente del tango– que repreguntaba, que escuchaba palabra por palabra lo que le decíamos, y que después retrucaba, nos corregía. Mederos, en esa breve charla telefónica, un poco nos incomodó: el tipo obligaba a tener la guardia alta, a estar concentrado, a pensar bien qué y cómo preguntar. Fue esa sensación, más allá de que es un monstruo que tocó con todos los monstruos, la que nos dio ganas de entrevistarlo; de tenerlo enfrente. Lo llamamos otra vez y una mañana se vino para el Hotel Bauen. Tomamos mucho mate y de esa charla, que duró como dos horas, acá publicamos sólo un extracto.

¿Hablás con el tango?

Sí, varias veces al día. Se comunica y me llama, y me dice cosas.

¿Qué te dice?

Me dice: “Rodolfo, ¿qué hacemos? ¿cómo hacemos?”. Y le digo: “Hermano, estamos jodidos”. Mirá, ahí tenés el título de la nota: “Hablo con el tango”. Medio surrealista. “Porque lo que yo propongo”, dice el tango, “no interesa. Interesa a aquellos legendarios melómanos, tangueros, esas clases pasivas ya cautivadas por el ANSES (risas), viviendo en geriátricos, que me han conocido y han disfrutado conmigo en otras épocas. Hoy yo no represento nada para un joven, o a lo sumo me toman como de moda, como quien tiene una jirafa en su casa. Una cosa rara, extravagante. Pero no me toman como lo que soy, no me necesitan, no estoy dentro de la sangre de esta gente, dentro del cerebro, o dentro de los deseos. No estoy dentro de su realidad cotidiana. Estoy en disquerías de lujo, en bateas específicas, hasta me llevan a Europa, me ponen en los festivales multitudinarios, me bailan…”. Eso me dice.

Un par de veces dijiste que el tango murió y te tiraron con todo...

Sí. No murió. La palabra muerte parece ser una especie de degradación, ¿no? Algo que se muere, es algo que se pudre, se licúa y se junta con la tierra. Creo que el tango es un objeto sonoro, artístico, que representó un momento de la historia, y que no hay que pedirle que sea eterno. Hoy está, pero a nivel de moda. Las modas no aseguran la existencia real de algo. Una moda es una industrialización de algo. Pasa a otra categoría. Me refiero al tango como expresión genuina, surgida de un pueblo, y que es para el pueblo. Hoy esto no existe. Creo que el que hace una música o una poesía, la hace porque ve la realidad que le toca. Y que cuando Homero Manzi dice “Sur, paredón y después” no lo inventó en París. Ni en una biblioteca, entrecerrando los ojos y pensando en alguna situación. Caminaba por Boedo y vio un paredón, sur, y después la inundación. Seguro. Lo mismo Troilo cuando hacía esas melodías, o Aieta cuando hacía Palomita Blanca, o cualquiera de aquellos músicos y poetas que transformaban en sonidos lo que ya estaba sonando. No lo sacaron de ninguna galaxia. No vino ninguna entidad celeste a ponerle una energía o a decir cual melodía había que hacer. Esa comunidad, que generó esa música, ya no está. Yo diría que es un proceso natural que no le pasa al tango solamente, sino a cualquier hecho artístico. La vida comienza un día, se desarrolla, llega a una plenitud, aparece una meseta, y luego empieza a envejecer, y muere. Si en ese proceso, preñó a otro para que continúe, llámese discípulo o lo que fuere, bien. Si no, esa vida quedó ahí.       

Vos das clases y tenés unos cuantos discípulos, o sea que el tango preñó a nuevas generaciones...

Sí. Esos jóvenes, que los estudio, los veo, porque vienen a casa, y trabajamos con mucha pasión y entusiasmo, y yo intento abrirles todas mis venas para que tomen de ahí todo lo que puedan. Pero un día digo: ¿Adónde va a parar todo esto? Más allá de que me dejen el dinero de las clases. ¿Sirve para otra cosa además de que para yo llegue a fin de mes? Y me digo “sí, puede servir para otra cosa”. Puede. No te lo aseguro. Soy muy científico, y hasta que no esté probado que dos más dos es cuatro, voy a ver.  Últimamente hay como una especie de fiebre o de moda de excitación por el tango. Todos dicen que les gusta, creen que les gusta, quieren conocerlo. Vienen, bailan, hay festivales, turistas. Claro, ese mecanismo salpica para todos lados. Y un muchacho joven, que de pronto descubre un bandoneón porque vio que alguien lo tocaba o su abuelo murió, y el instrumento estaba en el placard, o vio un video difundido por esas horribles redes, dijo: ¿a ver el bandoneón? Y el tango tiene esa maravilla que, cuando te toca una fibra de la sensibilidad, no te suelta. Esto es seguro. Sea de donde fueres, y de la generación que fueres. Esta es la maravilla del tango, y en ese sentido no está muerto.

¿A quiénes destacarías dentro de esos jóvenes talentos del tango?

Te puedo hablar de Academia Tango Club, que empezó con algunos estudiantes que arrancaron cuando tenían 14 o 15 años. Hoy andan cerca de los 40. Y ya están generando sus propias orquestas, algunos trabajan conmigo. Uno de ellos empezó con una orquestita de entusiastas. Yo le hacía los arreglos. O él estudiaba arreglos y yo se los supervisaba. Y sonaba bien, tenía buen gusto. Este estudiante empezó a hacer ese grupo, hizo una convocatoria, vino más gente, armó dos orquestas. Repitió la convocatoria, vino más gente, hizo tres orquestas, y hoy son nueve orquestas, con 14 integrantes cada una. Son más de cien. Y esto sigue, en proporción. Y vos me dirás: “Pero Rodolfo, vos me decías que lo cuantitativo no es importante”. Pero lo cuantitativo incide en lo cualitativo.

El famoso semillero...

Claro. Se están rompiendo el orto. Pero disfrutan y gozan y cada uno aporta con una pequeña cuota para que eso se sostenga. Alquilaron su lugar, y tienen sus salas de ensayo, hacen sus arreglos. No diría que son los únicos. Pero yo por estos pongo las manos en el fuego,  que son genuinos, humildes, sinceros; no son exitistas ni quieren esto para subir y que los aplaudan, e irse a Alemania mañana. Más allá de que todos quisiéramos hacer eso, y que no está mal en definitiva, tener esos premios para el ego. Pero no es ese el objetivo, sino aprender a tocar esta puta música. Rara, al día de hoy. Entonces uno dice: “Pero Rodolfo, si uno suma eso, ¿no será que el tango volverá?” Yo te diría: “Ojalá que no”. Porque traerlo, es traerlo a la fuerza. Ojalá que estos chicos, tomando de esa teta, logren en algún momento, transformar esa música en otra, que sí sea genuina. Yo apunto a estos pibes porque creo que –de haber algo en el futuro– es por este lado. Pero van a tener una tarea del carajo. Porque no es que van a estudiar tres tanguitos y ya está. Estos saben que tienen que molerse a palos para entender eso desde un lugar que no es muy comprensible.

LA GRIETA DE PIAZZOLLA

Cuando Mederos estudiaba biología en la Universidad de Córdoba, Astor Piazzolla lo convenció de que dejara todo y se sumara a su orquesta, en ese tiempo incipiente, casi una herejía para los puristas. Mederos compartió muchos años con Piazzolla, y ahora, en retrospectiva, puede ver la película de su historia y de sus búsquedas: “Astor quiso refinar su música, que era buena. Generó e imaginó formas: el quinteto, la orquesta de cuerdas... todo eso tiene su valor artístico, pero tiene cierta defectuosidad a la hora del enraizamiento social. Su vida fue de mucha lucha, sí, no cabe duda. Pero de una lucha orientada hacia un individualismo que –creo– lo intoxicó. Él quería ser el más grande, el más original, y no sé si por ese camino lo iba a lograr. Tampoco importa mucho. Pero él quería competir con los grandes –si es que fueron grandes– músicos de Europa central. Quería ser un Brahms, un Wagner, un Beethoven. Había algo en él que disfrutaba con el tango, pero había otra cosa que lo hacía intentar proyectarlo hacia una esfera que se suponía superior. ¿Es superior? Yo creo que no. La música sinfónica no es superior. Tiene más violines. Se toca en un teatro más lujoso, pero no es superior. Es otra cosa. Astor mismo se encargó de decir que lo que él hacía no era tango, que era tango moderno, que era música contemporánea, que era música de la ciudad de Buenos Aires. No sabía de qué manera hablar para decir que no era popular, no era de las masas, y que eso, que tenía cosas del jazz, apuntaba a Francia, a Alemania. A Europa, de quienes somos hispano-dependientes. Había grietas ideológicas importantes ahí”.


 

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