Revista Cítrica

Acá hay “anarco” encerrado


03 de octubre de 2017

Horacio Dall'Oglio

Frente a una nueva marcha por la aparición con vida de Santiago Maldonado donde, al igual que hace un mes pero esta vez sin éxito, surgieron “provocadores”, nos preguntamos quiénes son estos personajes que se infiltran para “pudrirla”.

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Un fantasma recorre Argentina: el fantasma del anarquismo. Así parece, al menos, desde que desapareció Santiago Maldonado, hace ya dos meses, en el contexto de una feroz represión de Gendarmería a la comunidad mapuche de Cushamen, en Chubut. Caben entonces, si aceptamos estas premisas de repentinos espectros, algunos interrogantes como los siguientes: ¿De dónde surgen estos anarco encapuchados que últimamente se meten en movilizaciones pacíficas para “pudrirlas” y bardear -teniendo el cuidado necesario de quedar dentro del plano de las cámaras de televisión- bajo la mirada impasible, al menos con ellos, de la policía? ¿Qué túneles del tiempo, qué agujeros negros de la historia, sustrajeron a estos pseudos “libertarios” de fines del siglo XIX y primer tercio del XX -cuando el anarquismo tuvo su auge y caída, su fulgor y su persecución sin tregua hasta el aniquilamiento- y los depositó en esta realidad de ne(cr)oliberalismo y “no-política”, de errorismo de Estado y prácticas de ilusionismo?¿Por qué razón aparecieron de nuevo “manifestantes desbocados” que, en este caso, agredieron a periodistas y particulares, tiraron bombas de estruendo y llegaron a decir -con una entonación calculada, de sobreactuada exaltación- “¡Muerte al Estado y que viva la anarquía!”, ante un movilero de América, para luego huir como ratas enojadas por las calles del centro, revoleando botellas, cuando los verdaderos asistentes a la marcha les gritaron “infiltrados, infiltrados”?

Son entonces estos interrogantes los que provocan, como en una especie de reacción en cadena del pensamiento, con estallidos que se reproducen de forma alocada, nuevas preguntas en retrospectiva, como: ¿Qué relación hay entre estos “neoanarquistas” huidores en retirada con los picapedreros, graffiteros y tira bombas del 1º de septiembre en Buenos Aires? ¿Y entre ambos y los encapuchados que -el mismo 1º  de septiembre pero en El Bolsón- se los vio llegar en una camioneta Hilux blanca, descender con sus bien pertrechados baldes con bombas molotov que arrojaron -pese al pedido de la mayoría que participaba de la manifestación pacífica para que no lo hagan- al Escuadrón 35 de Gendarmería, y que cumplida su faena volvieron a subirse a la misma camioneta para no dejar más rastros? ¿Y entre todos estos y quienes unos días antes, el 28 de agosto, capuchas mediantes y de rigurosas banderas negras, se colaron sobre el final de la Tercera Marcha Contra el Gatillo Fácil en Córdoba que terminó con “incidentes” de este grupo minúsculo? ¿Y qué relación hay entre los “anarco huidores”, los “anarco graffiteros”, los “anarco hiluxianos” y los “anarco cuarteteros” con los “anarco pincharatas” que el 24 de agosto -como escribieron en Clarín, "un desprendimiento de la movilización" por la Aparición con vida de Santiago Maldonado que (¡justo!) "aprovechó la poca vigilancia”- hicieron explotar una molotov en el edificio Anexo del Senado provincial, en La Plata, y tuvieron el detalle, hasta la amabilidad se diría, de colgar allí una bandera para que sea fotografiada con la leyenda: "Por Santiago Maldonado venganza. Muerte al Estado, sus políticos, policías y colaboradores. Que la rabia desborde", de prolijas letras negras sobre una tela blanca, de respetuosa, ordenada y cuidada tipografía, como hecha por quién no tiene urgencia si no tiempo?

Y si del tiempo se trata, es preciso recordar el final de la marcha por la Aparición con vida de Santiago Maldonado del 1º de septiembre y preguntar: ¿Quiénes fueron aquellos que iniciaron la “revuelta anarquista” con pintadas, piedras, vallas y contenedores de basura, y marchaban al grito de “Uno, Uno”, con sus prolijas banderas negras sin insignias y sus puños en alto, y que, de forma llamativa, se evanecieron, tragados por la boca del subterráneo, cuando arreció la represión, hace ya un mes? ¿Por qué resulta tan sospechoso este llamado a la “Unidad” de estos neo-anarco-individualistas y su resonancia en aquella otra “unidad” buscada, si es necesario a la fuerza, por el macrismo y su discursiva de estar  “juntos”, de “armar un equipo”?¿Y por qué razón estos personajes -que se reivindican tan “anarcos” y tan “anti-Estado”- cayeron, como su “manual de operaciones” indica, sobre el final de la marcha, cuando menos gente había, y lo único que provocaron fue, en aquella masiva y tristemente bella manifestación, el accionar más furibundo del Estado con sus fuerzas represivas? ¿Y por qué razón estas “células anarquistas”, si tan “anti-Estado” se perciben a sí mismas, no atentan propiamente contra el Estado y dejan  de aparecer en manifestaciones pacíficas para bardear, correr el (los) eje(s) de atención -de un reclamo justo, de una persona desaparecida, de la represión en alza, del pacto de silencio de Gendarmería, de las responsabilidades políticas no asumidas, de la tierra robada a los pueblos originarios- y hacerle el juego al propio Estado que pasa de lobo a cordero? ¿Es que acaso anarquistas eran los de antes?

Y ya que estamos en tren de preguntas sobre estas nuevas apariciones y sus consecuencias: ¿A qué se debió el ensañamiento y la arbitrariedad con la que actuaron los efectivos de la Policía de la Ciudad y la Policía Federal, en parte identificados y en parte de civil entre los que marchamos, a un mes de la desaparición forzada de Santiago? ¿Y cuál es la razón para que aún hoy ningún policía se encuentre imputado por las detenciones arbitrarias y -en tiempos de “sinceramientos”, de “decirnos la verdad”- las actas falsas con las que justificaron su violencia? ¿Y para quién fue funcional la “agitación” del final y la cacería posterior de los “robocops sin ley” que trocó los titulares de los diarios y portales del sábado 2 de septiembre, de un reclamo legítimo, pacífico y necesario, a los “incidentes”?¿Y por qué a un mes de los hechos, y con cámaras de seguridad en toda la ciudad, todavía se desconoce de dónde surgieron los otros -¿o los mismos?- encapuchados que, horas antes de los “disturbios” y la represión en el centro, ya habían apedreado la mutual de Gendarmería, con sus banderas negras sin insignias, que parecen estar de oferta en las retacerías que frecuentan estos “neoanarquistas”? ¿Y sobre los que aparecieron queriendo “pudrirla” en la marcha por los 11 años de la desaparición de Jorge Julio López, y tiraron una bomba molotov en la puerta de la Legislatura porteña, otra vez encapuchados, y por cuyo hecho “no hubo detenidos”?

¿No es un buen momento -ahora que un espectro recorre la Argentina de punta a punta y con un nivel de organización envidiable, y que las bombas molotov estallan como cohetes en Año Nuevo- para expropiarles las palabras y los sentidos a los políticos de turno, que necesitan construir un enemigo interno para hacer pasar sus violentas políticas de la “no-política”; a los “periodistas” justificadores seriales de toda injusticia; y hasta a los propios “manifestantes” que aducen ideales “libertarios”?

Y si de fantasmas, espectros y apariciones se trata, es preciso entonces lidiar con el problema de la imagen ¿A quién le sirve el burdo reduccionismo por el que se quiere asociar, amalgamar en una sola imagen, en una sola foto, el “clima de violencia” con el “anarquismo”?, cuando ya en 1921 Eduardo Gilimón -anarquista español que dirigió el histórico periódico La Protesta- podía escribir: “[E]s inútil que a cada hecho violento realizado por un anarquista, más o menos tal, nos desgañitemos gritando que la Anarquía no es la bomba, pues contra nuestras débiles voces, están los millones de ejemplares de los diarios de todo el mundo, acusando al anarquismo de criminal con la prueba material del atentado”. Claro que ahora, en cambio, además de los diarios están las “interminables cadenas de videos” que sirven, no solo para estigmatizar ideales, sino sobre todo  para hacer pasar por “realidad” aquello que no es más que una farsa. Como diría Nietzsche: “Cuando uno esconde una cosa tras un arbusto y luego la busca y, en efecto, la encuentra allí, no hay nada de glorioso en este buscar y encontrar”.

Y finalmente, ¿por qué a dos meses de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, cuando todavía (muchos) seguimos reclamando por su aparición con vida, “algo me late y no es mi corazón”?

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