Revista Cítrica

A la casa del lobo


08 de enero de 2018

Lautaro Romero

Crónica de otro día histórico que muchos medios se "saltearon": el multitudinario escrache a Etchecolatz, en el Bosque Peralta Ramos. Cobertura colaborativa de La Vaca y Cítrica, en Mar del Plata. Con reportaje fotográfico de Martina Perosa.

Foto: Martina Perosa.
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Este domingo, el escrache a Etchecolatz convirtió el Bosque Peralta Ramos en un lugar de peregrinación, resistencia y lucha. En Mar del Plata, hubo desahogo frente a la casa del genocida. Siluetas de mujeres, hombres y niños recordaron a los que ya no están, a los desaparecidos. La voz del pueblo, pidiendo juicio y castigo.

“El Bosque no es guarida para indultados genocidas”. El pasacalles en la entrada principal de la reserva forestal hace que te olvides de contemplar las especies vegetales que viven en el Bosque Peralta Ramos, al sur de Mar del Plata. Pinos, nogales, robles y araucarias, cientos de ellos, en 450 hectáreas, para escaparse de la ciudad. El aire es limpio y puro.

“A 2,3 kilómetros del genocida Miguel Etchecolatz”, advierte un cartel, justo en el punto de encuentro para el escrache masivo, sobre la avenida Mario Bravo. El amarillo patito del cartel te mantiene alerta. Hay una foto del asesino. Y una dirección: Boulevard Nuevo Bosque y Tobas. 

Hacia allá vamos. Familias, vecinos, militantes de organizaciones sociales, gremiales y de derechos humanos. Los que no tienen bandera. Personas con máscaras blancas que dicen Julio López en rojo. Las Madres y Abuelas, con Nora Cortiñas al frente.

Pese a que no pocos medios lo ignoraron, mucha gente marchó este domingo e hizo del Siluetazo una peregrinación por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Kilómetros y kilómetros, todos a pie, para repudiar la domiciliaria otorgada a Etchecolatz por los jueces Luis Panelo y Fernando Cañero, del Tribunal Oral Federal Nº 6. Anoten esos nombres: son quienes hacen posible la impunidad.

A Moisés le duele. Siente que le han arrebatado todo lo conquistado hasta acá. Y todo lo que falta por hacer: todavía no saben dónde está el cuerpo de un familiar suyo, a quien torturaron durante la dictadura cívico-militar.

“¿En qué cabeza cabe perdonar a un tipo que mató, torturó y violó a miles de personas? No hay justicia. Te indigna. Van a largar a todos. Si no los frenamos y hacemos que se vayan”.

Montones de figuras humanas son llevadas con amor y dolor. Las siluetas de cartón tienen nombre y apellido, y una fecha que precisa la última vez que fueron vistos con vida. Hombres, mujeres y bebés. Hay muchos pibes. Nos acompañan los treinta mil. 

En una de las calles que interceptan el Bosque, la multitud hace una parada especial. Algunos de los que pasan por el frente de la casa, liberan la rabia desde lo más profundo de su alma. Ahí vive Juan Miguel Wolk, uno de los tantos represores que se vio beneficiado por estas tierras, con la prisión domiciliaria. Las garitas están vacías. Un solo custodio se mantiene expectante, le cuesta ser indiferente: ahí nomás de la Rambla, la marea de gente, como ocurrió el sábado en el centro marplatense, entre abrazos y lágrimas, no detiene su curso. 

Apresado en 2010, Wolk dirigió el Pozo de Banfield, que integró la red de campos de detención de la Bonaerense, en el circuito Camps. Allí se secuestraron mujeres embarazadas y estudiantes, durante la Noche de los Lápices. 

Carlos y Teresa tienen canas y arrugas.  Vivieron cuando se sembró el terror. Ahora viven a pocos metros de Wolk, quien estuvo prófugo, a dos días de que la Corte Suprema revocara el goce de arresto domiciliario. Teresa tiene la experiencia de haber vivido de chica en zona militar de Campo de Mayo. “A veces no podíamos entrar a mi casa porque los militares estaban buscando a alguien. Todo esto me conmociona un poco. Y me llama la atención ver tanta gente joven pelear por algo que pasó hace tanto tiempo. Es parte de nuestra historia”, asegura. O de un recuerdo más reciente, cuando trabajaba en escuelas en donde había libros prohibidos.

“No me gusta que estén cerca. Hay que escrachar a los jueces que los dejaron libres. Vinieron porque los soltaron”, piensa Carlos. 

“Como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar…”.  Y fuimos. Cantando. Entre banderas, bocinazos, aplausos, sonrisas y llantos. A paso firme. Un hombre con la remera del Che, llevando a otro en silla de ruedas, entre rocas y polvo. Algunos hicieron esfuerzo de más. A medida que ganaba terreno el bosque, y perdía lugar el cantar de los pájaros, el reclamo tomaba cada vez más fuerza.

Las siluetas comenzaron a quedar por el camino, colgadas de los árboles, de las rejas de las casas. No descansan en paz.Tampoco lo hace Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, quien fue obstetra de la maternidad clandestina en el Hospital Militar de Campo de Mayo en los 70. “Mi viejo no tuvo huevos de enfrentar la justicia y se pegó un tiro. Si estamos dando lucha es porque sabemos de lo que son capaces estos tipos en libertad. Lo hemos vivido desde la gesta de la casa. Sabemos lo que es el horror. Pero nosotros no somos víctimas. Las víctimas son nuestros 30 mil compañeros, los hijos, las Madres y las Abuelas”, confiesa Erika, referente del colectivo Hijos e Hijas de genocidas.

Llegamos a la guarida. Un puñado de policías tras la valla. Algunos de ellos, preparados para la guerra. No vuela ni una sola piedra. Hubiese sido contra la consigna tejida entre todos los que se manifestaron esta tarde. Eso sí: la gente está enardecida, y con justa razón. En algún lugar permanece oculto Etchecolatz. “Tiene que estar en cárcel común y efectiva. Yo trabajo con detenidos, y en las cárceles federales hay gente que cumple su condena, siendo delitos no tan graves como lo son los de lesa humanidad”, explica Lederer, quien es abogada y estudió filosofía en la UBA. 

Ya es de noche. Es hora de emprender la vuelta. Más de uno esboza una sonrisa y aprieta el puño. Son símbolo de que vale la pena, y de que nunca hay que olvidarse de luchar. 

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